September 14, 2018

May 6, 2018

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Actualidades

De Atenas a Leonidio, las paredes de los Dioses.

April 4, 2018

Desde que empezamos a pedalear en Bangkok habíamos ido aparcando regularmente las bicis en las zonas de escalada que encontramos a lo largo del recorrido. En las alforjas llevábamos el material imprescindible para poder hacer vías de escalada en estilo deportivo: 60 metros de cuerda, 12 mosquetones, dos arnés, un tubo para asegurar y los pies de gato. Escalar era un descanso para las piernas y un relax para la mente. Habíamos escalado en lugares más o menos exóticos como las paredes calizas de Crazy Horse, cerca de la bella ciudad tailandesa Chiang Mai, en los sectores junto a la fascinante pero decadente ciudad de Vang Vieng en Laos, en las paradisíacas islas de la bahía Ha Long en Vietnam, en el pueblecito tradicional chino de Shigu en las montañas de la provincia de Yunnan o en las paredes turcas junto Antalya: Geyikbayiri.

 

Escalar en países exóticos y remotos era una gran oportunidad para explorar recónditos y pintorescos entornos naturales, escalar en nuevos tipos de roca, aprender nuevos patrones de movimientos, pero sobre todo una magnifica oportunidad para encontrarnos y mezclarnos con escaladores locales que por lo general nos abren las puertas de su cultura, sus inquietudes y su amistad. De esta forma por el camino, en los lugares en que escalar era posible, nos tomábamos nuestro tiempo para aparcar las bicicletas y practicar la escalada.
 

En Grecia, que es uno de esos países en que como España han sido agraciados por los Dioses con una buena proporción de roca y sol, no podíamos desaprovechar la oportunidad de escalar intensamente en sus paredes. Estábamos entusiasmados con nuestro próximo gran destino de escalada: Leonidio, cerca de la mítica y guerrera ciudad de Esparta.

 

Después de una semana en Atenas, descubriendo sus monumentos clásicos, sus pintorescos barrios y las amables maneras de sus habitantes, el 21 de Febrero pusimos rumbo con nuestras bicis hacía las costas del Peloponeso,

 

Salimos de Atenas siguiendo los tracks del Eurovelo 8, que habíamos obtenido de la página de nuestro amigo Pablo: https://conalforjas.com/eurovelo-tracks/. Teníamos planeado seguirlo al menos parcialmente. Los Eurovelos son una red de rutas de larga distancia para cicloturistas, escogidas por la Federación Europea de Ciclistas tomando en consideración factores como la escasa densidad de tráfico, anchura del arcén y estado de conservación. Recorren toda Europa y el número ocho, en el que estábamos interesados une nada menos que las columnas de Hércules con el Partenón, Cádiz con Atenas. Desde la misma Acrópolis tomamos la ruta ciclista mediterranea, y aunque nos encontramos alguna que otra calle en contra mano, en su mayoría los tracks del eurovelo nos permitieron salir de Atenas conduciendo por calles de pequeño tamaño y con escaso tráfico.

 

Desde nuestra salida de la capital griega habíamos cambiado las bicicletas, Marleen conducía mi bicicleta alemana: Fahrradmanufaktur TX-Randonneur de 28´´y yo su bicicicleta suiza Velofabrik de 26´´, que había demostrado hasta entonces ser mucho más robusta. La larga lista de averías que mi bicicleta había sufrido durante los 18.000 kilómetros de viaje, demostraba mi mala elección del modelo y quizás también un exceso de peso: Nueve radios rotos, un dínamo averiado, la pata de cabra doblada, el cuadro de acero también doblado, veinticinco pinchazos y el eje trasero destrozado. Con el cambio de conductor mi bici se liberaba de los 10 kilos de diferencia entre mi peso y el de Marleen, además de otros 10 kilos a cuenta del material de escalada que por un acuerdo tácito siempre iba conmigo.

 

 

Alejados ya unos 25 kilómetros de Atenas, nos desviamos del Eurovelo para hacer una parada en una de las muchas zonas de escalada deportiva en los alrededores de la capital. La carretera nos fue introduciendo en una barrio con casas que tenían bastante mal aspecto. Esto y la cantidad de basura alrededor de ellas nos hacía presumir que entrabamos en una zona marginal. Desde los alrededores de una de las chabolas, un niño en una pequeña bicicleta, a todas luces demasiado pequeña para él, se acercó con curiosidad pedaleando lentamente. Podría tener unos 13 años, la cara sucia, bastantes lagañas y se escondían corriendo detrás de él dos niñas. Tenían cierto aspecto de abandono. Aunque el primer pensamiento fue marcharnos, nos quedamos a charlotear y jugar un ratito con ellos. Fue fácil entretenerles porque estaban fascinados por nuestras bicicletas y el hecho de que no habláramos el mismo idioma que ellos. Al marcharnos nos pidieron dinero. Me quedé pensando en aquellos hijos de la pobreza, quizás mendigos a tiempo parcial, como otros muchos que habíamos visto pidiendo en el centro de Atenas con sus madres. Esos niños que todos miran pero nadie ve, ni siquiera las autoridades. Los ocho años de rescates europeos, no han impedido que en Grecia siga teniendo un 20 por ciento de paro y siga aún subiendo el umbral de la pobreza.

 

Siguiendo unos croquis de un escalador griego que nos habíamos encontrado casualmente días antes llegamos a un profundo cañón que lograban saltar las vías del tren sobre un largo y ancho puente. Al fondo de la garganta se ubicaban las rutas de escalada. Buscábamos un sector llamado El Anfiteatro del que nos habían contado maravillas los escaladores griegos.  Pero descubrimos rápidamente que el camino que nos debía introducir en el cañón era totalmente inviable para unas bicis tan cargadas como las nuestras. Amenazaba lluvia desde hacía un rato y empezaron a caer grandes goterones que aunque no llegaban a fructificar en algo que se pudiera denominar llover, nos pusieron en alerta y nos hicieron montar la tienda bajo el puente del tren. Aunque al final no llovió, las goteras del puente mojaron toda la tienda durante la noche. El ruido del goteo unido a algo intranquilidad por lo marginal de la zona nos procuraron uno de los descansos menos reparadores de todo el viaje. La ignorancia, el miedo irracional y algo de estupidez me hicieron dormir con la pequeña navaja suiza en el bolsillo, aunque las visitas y ruidos que percibimos durante la noche fueron solo las de dos búhos.

 

Por la mañana decidimos desechar la escalada. No podíamos dejar las bicis desamparadas en aquel lugar e internarnos en el cañón para escalar. Nos dimos cuenta de que este era uno de los problemas que tendríamos con las bicicletas en la vieja Europa: donde dejar las bicis y las alforjas mientras escalábamos. Decidimos continuar pedaleando. Merecía más la pena avanzar hasta el Peloponeso, llegar cuanto antes a Leonidio el pueblo del que habíamos oído hablar como la nueva meca de la escalada deportiva en Grecia.

 

Marleen volvía a sufrir una de sus crisis viajeras, ganas dejar la vida itinerante, ganas de tener un hogar, una familia y unos amigos de los que no tener que despedirse para siempre regularmente. Un año y casi dos meses de viaje es mucho tiempo y yo me preguntaba a mi mismo si yo no era un bicho raro por no tener los mismos síntomas que ella. Para mi en las alforjas teníamos nuestra casa y me contentaba con llamar y hablar regularmente con mi familia.

 

Retomamos la ruta ciclista mediterranea, la carretera circundaba una gran bahía todavía cerca de la periferia de Atenas, era el Golfo de Egina lleno de grandes buques contenedores MAERKS, COSCO, MSC... Mucho se puede escribir sobre estos grandes barcos container y el negocio del transporte de mercancías por mar. Es asombrosamente económico transportar un container lleno de plásticos chinos hasta un puerto español. Económicamente mucho mas rentable comprar un producto fabricado en un país lejano, que comprar productos hechos al alcance del transporte terrestre. El transporte marítimo se ha convertido de esta forma en una de las claves de nuestra economía.  Pero son muchos los costes invisibles, que se traducen en contaminación que pagaran nuestras generaciones futuras. El transporte marítimo, una de las fuentes de contaminación más peligrosas para el planeta. Pésimas condiciones laborales de sus tripulaciones, el combustible elevadamente contaminante que utilizan, el estado de conservación lamentable de alguno de estos barcos, los frecuentes naufragios, prácticas corruptas y el oscuro sistema de las “banderas de conveniencia” que escapan del control de los estados.Todo ello hace que el transporte marítimo sea muy económico pero a la vez nefasto para el medio ambiente y sus tripulaciones. 

 

Yo pedaleaba con todos estos pensamientos en mi cabeza, mientras observaba esos grandes barcos contenedores, por una de esas carreteras desagradables con un par de carriles que recorren las zonas industriales, con bastante tráfico y un entorno degradado. Solares a medio construir, maltratados y sucios, que se mezclaban con almacenes, restaurantes de carreteras, alguna que otra chatarrería y fabricas humeantes. Son zonas condenadas a la mediocridad, zonas no deseadas que pagan con la degradación ambiental algunos puestos de trabajo. Nos sorprendió un gran buque medio hundido junto a la costa: el Mediterranean Sky, otra victima de la crisis griega, un barco abandonado debido a la situación financiera de su empresa naviera. Allí abandonado cerca de la orilla panza arriba, se había ido hundiendo lentamente, como lo hacía desde hacía 8 años la economía griega.

 

 

La carretera se fue humanizando conforme nos alejábamos de Atenas, cada vez había menos tráfico, menos paisajes degradados, menos basura. Cuando llevábamos unos 25 km decidimos relajarnos, lo peor de las ciudades: su periferia había quedado atrás. Nos paramos a tomar un café delicioso en un bonito pueblo griego.  El café estaba riquísimo, como en general en toda Grecia y así se lo dije a la señora ¡Oreo!  Sonrió orgullosa y le pedí un segundo pero traté de explicarle que lo prefería en una taza. Estaba cansado de beberlo siempre en vaso de plástico, pero esto es en Grecia una batalla perdida. ¡ Cuanto plástico fútil llega a las cunetas de las carreteras griegas y al mar Egeo por culpa de los cafés!, y de aquí a los estómagos de las pobres aves y peces. Por que prefieren los griegos sus labios sobre el plástico en vez de sobre la fina cerámica, es algo que no termino de comprender.

 

Seguimos pedaleando por una carretera secundaria, pequeña, sin apenas tráfico y paralela a la costa, cuando de repente en dirección contraria vimos una larguísima estructura con forma de bicicleta, sobre la que ondeaba una bandera francesa. No fue hasta que estuvieron muy cerca que me di cuenta de que se trataba en realidad de un larguísimo Tamden al que se adosaba un remolque. Eran Cindy y Thibaut, cuyas aventuras se relatan en el Blog: www.vndiblog.wordpress.com. Nos pasamos más de una hora charlando sin darnos cuenta del paso del tiempo. Se habían casado en septiembre y empezado inmediatamente su viaje en tándem alrededor de Europa, sus familias no habían protestado demasiado porque al fin y al cabo aquel viaje en bici era su luna de miel. Desde el sur de Grecia pedaleaban en dirección norte y  tenían pensado llegar hasta los países escandinavos haciendo una ruta circular que terminaría en Francia.

 

Sobre el pequeño carrito con una rueda, cargaban además de una enorme mochila, dos enormes bultos que eran a toda luz dos instrumentos musicales. Nos contaron que una forma de financiar su viaje era tocar la guitarra y el violín en las calles de las ciudades. También nos contaron que al sur del Peloponeso habían hecho wwoofing. Wwoofing es ese movimiento agro-ecologista que hace referencia a una especie de intercambio entre trabajo y manutención. Durante la estancia en una de las granjas que participan en este proyecto, la idea es que la gente se familiarice y conozca de cerca el funcionamiento de una granja de agricultura y ganadería ecológica. Normalmente el alojado obtiene derecho a cama y comida a cambio de realizar tareas agrícolas.

 

Había pasado solo un rato cuando bordeábamos la costa junto a unos acantilados y me sorprendió ver a un mochilero andando en la misma dirección que nosotros, Marleen no se percató y siguió pedaleando. Al pasar me dijo algo que no entendí pero que me pareció español, aunque el griego en muchas ocasiones tiene un sonido muy semejante a nuestro idioma. Ante la duda, le pregunté en inglés de donde era:

 

- Where are you from?

 

- ¡Español claro!, ¿sino de donde voy a ser?

  ¡Vaya pregunta joder!

 

El que después se presentaría como Juan de Granada, no me pareció un tipo muy amistoso al principio. Me llamó inmediatamente la atención su moflete derecho inflamado, síntoma claro de un gran flemón. La inflamación era tan grande que le cerraba incluso el ojo derecho. Ante su cara deformada y sus toscos modales, no me pude contener y le dije:

 

- ¡Valla como tienes la boca colega!. Con algo de guasa.

 

- No me digas. Me lo imaginaba pero no me he visto. Me faltan algunos dientes y otros los tengo picados. Uno se me ha revelado. Me duele desde antes de ayer pero como no llevo espejo y no me he visto la cara.

 

Apuraba con cierta ansiedad las últimas caladas de un cigarro de liar, sosteniéndolo con la punta de las uñas, contándome que la última noche había dormido bajo un puente porque la lluvia era de las cosas que mas le temía en este mundo:

 

- Si te pilla una tromba de agua te puede desgraciar, ¿sabes?

 

- Nosotros también hemos dormido bajo un puente. Me apresuré a decirle tratando de acercarme un poco a los infortunios de aquella criatura que tenía un aspecto bastante penoso. Estando más cerca pude observarle con más detenimiento: Su gran flemón, la barba de un par de días, la ropa sucia y rota. Me daba cuenta de que Juan tenía más pinta de vagamundo o mendigo de unos treintaytantos que de viajero.

 

- Nuestros peores enemigos son los perros, odian las bicicletas.

 

- Cierto yo también les temo, en especial esos grandes mastines que hay por aquí encargados de las ovejas.

 

Marleen que circulaba la primera, había seguido pedaleando y no se había percatado de que yo me había parado a hablar con Juan. El chaval me había caído bien, sentía algo de pena por su aspecto y yo de alguna manera le debí caer también bien. Empezó a contarme un poco de su vida, en especial los durísimos últimos meses.  Había buscado trabajo en Atenas pero la situación económica de la ciudad hacía muy difícil ganarse la vida. Había trabajado algún tiempo en los muelles del Pireo. Después vendido calcetines, pañuelos y pulseras por las calles céntricas de la ciudad. La policía le había quitado un par de veces el dinero y las mercancías. Después se había dedicado simplemente a mendigar y comer en comedores sociales. Había conocido las alcantarillas y los más bajos fondos de la ciudad de Atenas. Tras casi un año mal viviendo en la ciudad, había decidido huir de allí, se dio cuenta de que se había convertido en un mendigo. Alguien le había recomendado ir al sur de Italia para trabajar y había decidido, cambiar su estilo de vida y caminar hasta Patras donde tomaría un Ferry hasta la costa sur italiana. Quería hacer todo el trayecto de unos 500 kilómetros andando, buscando algún tipo de purificación física y espiritual. Su historia era emotiva y especialmente la sinceridad con la que me la contaba, pero había perdido a Marleen que había seguido pedaleando, debía marcharme.

 

- Bueno Juan tengo que irme mi pareja ha seguido para delante sin darse cuenta de que me paraba a hablar contigo

 

- Pues vaya plan tio. Cuidate!

 

- Tu también.

 

Había pedaleado unos metros y tuve que darme la vuelta. Mi conciencia me decía que debía dejarle algo de dinero a Juan para que pudiera comer algo caliente o pararse en una farmacia a comprar alguna medicina para tratarse aquel enorme flemón. Aquella inflamación tenía que doler bastante, especialmente durante las noches a la interperie. No me podía ir sin ayudar a aquella criatura, pensé. No creía que Juan tuviera dinero en sus bolsillos y esto es lo que más le podría ayudar en ese momento. Me volví y le pregunté:

 

- ¿Te vienen bien un par de euros hermano?

 

- Pensó durante unos segundos y respondió....- ¡Hombre claro!, me vendrían de perlas.

 

- Ya me los devolverás algún día, cuando a mi me hagan falta.

 

Le entregué un billete de veinte euros y me dio un abrazo. Nos deseamos buena suerte. Días e incluso meses después me vendría a la cabeza aquel encuentro y pensaba regularmente donde estaría Juan y que sería de su vida.

 

Decidimos acampar pasado el canal de Corinto, que separa las provincias de Attica y el Peloponeso. Esta obra de ingeniería inaugurada en 1893 convirtió el Peloponeso, hasta entonces había sido por deseo de la naturaleza una península, en una isla. Esta master piece de la ingeniería, como se define en una placa junto al profundo canal, une los mares Jonico y Egeo y ha rectificado a la naturaleza como lo suele hacer el hombre con sus obras de ingeniería: las presas en los valles, las canteras en las montañas o los regadíos en los desiertos.

 

Tras pedalear una decena de kilómetros tomamos un camino solitario que entre pinos y matorrales llevaba a una playa. En una mancha de terreno con una gruesa capa de mantillo caída de los árboles montamos la tienda.

 

 

La mañana siguiente abandonamos la costa y tomamos un desvió para internamos en las montañas dirección Naflion. El interior de la península aparecía en nuestros mapas apenas poblado y efectivamente tras pocos kilómetros descubríamos progresivamente que la ruta de las montañas era la ruta perfecta para unos ciclistas. Una subida constante de unos 20 km nos llevó hasta los 786 metros de altura pedaleando entre olivos y pinos. En aquellas montañas apenas si había construcciones, solo algunas cabras seguidas de los curiosos gritos de algún cabrero griego, cuyas voces eran tan diferentes de las de los cabreros ibéricos. ¿Que pensaría un cabrero español si oyera aquellos desgarrados gritos?

 

En un cruce siguiendo nuestros mapas nos metimos por un tramo no asfaltado. Empezó a llover una finísima lluvia y sentimos de repente ambos una sensación aventura que hacia tiempo que no disfrutábamos. “ Kiriguistan en Grecia” le grité a Marleen, recordando las pedaladas hacía varios meses en aquellas montañas remotas.

 

Marleen iba mas ligera con el cambio de bici y eso se nota ahora en las subidas. Ya no solo no se quedaba atrás, sino que iba a la cabeza en buena parte del recorrido y especialmente en las subidas. Inicialmente Marleen asumió el cambio de bici con escaso entusiasmo. Los motivos para sus quejas eran muchos: que si los frenos, que si los cambios, que si la posición de conducción, que si la falta de pata de cabra...pero poco a poco empezaba a apreciar su ligereza.

 

 

Empieza a llover y la lluvia nos acompaña hasta el pueblo de Proxymna. Nos refugiamos en un bar y pedimos un café. Solo tienen café griego, a fin de cuentas café turco algo rebajado. El hombre de entre los 60 y 70 años no habla una sola palabra de inglés, pero nos pone dos cafés y llama por teléfono a alguien, con quien habla mirándonos constantemente. Esta claro que está hablando de nosotros. Se presentan poco después Costas y Dimitris dos ancianos del pueblo. Costas fue taxista durante 35 años en Chicago, habla inglés con un perfecto acento yanki. Tiene un aspecto muy peculiar que le confiere su media cara paralizada. Dimintris trabajó en una fabrica alemana seis años y en 1971 regresó a Grecia. Aunque su alemán no es tan bueno como el inglés de Costas, es sorprendente que lo recuerde tan bien. Uno habla inglés y el otro alemán. Ambos se muestran muy amables y tratan de traducir lo que el dueño del bar trata de contarnos. Poco a poco éste empieza a desvariar y pide a sus amigos que le traduzcan que Merkel y sus políticas son muy malas para Grecia, que Hitler y los nazis quemaron el pueblo... Sus amigos parecen algo avergonzados y se resisten a seguir traduciendo, nos invitan al café, y nos marchamos.

 

Lo cierto es que ya nos habíamos dado `percatado de cierta mala reputación de los alemanes en Grecia. Habíamos decidido que cuando nos preguntaran de donde somos yo siempre me adelantara y respondiera español, ella se quedaría cayada. Este fenómeno anti germano se derivaba a todas luces tanto de las recientes medidas anticrisis como de la invasión alemana de Grecia durante la segunda guerra mundial, pero lo cierto es que los turistas alemanes originan uno de los mayores y mas rentables ingresos actuales de Grecia.

 

Llegamos al cruce con Nafplio una pequeña ciudad portuaria en la que destaca el castillo de Palamidi sobre el monte que corona el casco urbano. Los muros de su fortaleza acumulan vestigios bizantinos, francos, venecianos y turcos, pues todos estos han sido sus conquistadores. Durante la guerra de la independencia griega contra el Imperio Otomano, Nafplio fue la sede provisional del Gobierno griego y hoy en día es un lugar de floreciente turismo fundamentalmente escandinavo y alemán. Pedaleamos por su precioso centro lleno de tiendas de suvenires y restaurantes cuyos amables camareros nos ofrecían en inglés platos tradicionales griegos. Se pueden observar todavía las fuentes otomanas, su arquitectura neoclásica y me llamó la atención el edificio del Banco de Grecia en estilo micénico, al parecer uno de los pocos edificios modernos con reminiscencias del fabuloso palacio de Knosos.

 

Seguimos por la costa en dirección Leonidio la carretera discurre por unos impresionantes acantilados. Al atardecer lentamente el sol griego fue desapareciendo y un solo rojizo poco a poco se fue dejando vencer tras un largo y agotador día. Pasamos junto a una estructura metálica techada, una promesa de alojamiento veraniego incompleta, un proyecto de felicidad estacional interrumpido por la crisis. La construcción colgaba de los acantilados escondida entre la vegetación y tras examinarla decidimos que se trata de un buen lugar para refugiarnos de la posible lluvia durante la noche.

 

 

Al día siguiente la carretera junto a la costa continuaba siendo estupenda para pedalear, un sueño para cualquier ciclista. Asfalto en buen estado y poco tráfico. Llegamos al humedal de Moustos, una area natural protegida que se alimenta de un manantial procedente de las montañas. Se habré entre las cañas un gran humedal que se extiende unos kilómetros hasta el mar. Es un refugio de aves y estraños peces que viven entre el mundo de lo salado y lo dulce.

 

En el lugar donde ambas aguas se unen junto a una piedra con una inscripción griega hundida, aparcamos las bicicletas donde una joven alimenta a los peces con el puno lleno de pan y arroz, junto a ella se arremolinan un arcoiris de pequeños peces. Es un gran espectáculo, aunque tengo dudas sobre la conveniencia ecológica de aquel acto altruista. Adriana,  que asi se llama la joven griega me indica que mire hacia una zona donde dos anguilas, se retuercen como serpientes acuáticas compitiendo por el arroz. Adriana me cuenta que es una activista de una conocida ONG, como la mayoría de las conversaciones en este país comienza hablándome de la crisis económica. Sobre todo a Adriana le preocupaba como la crisis había afectado y agravado la situación ambiental de su país, las políticas de austeridad había supuesto una retirada de los fondos destinados a programas relacionados con la conservación de la flora y fauna, recortes en el personal destinado a vigilancia de parques naturales, brigadas de extinción de incendios, relajación en la aplicación y vigilancia de la legislación ambiental tratando de favorecer las inversiones inmobiliarias, el aumento de uso del carbón, las cocinas de leña, braseros, fogatas y otros medios rudimentarios de calefacción.

 

 

 

Siguiendo las indicaciones de Adriana pedaleamos por el humedal a través de un camino terrizo, con algo de barro y charcos, entre cañizares llenos de penachos marrones en los que se escondían multitud de aves: garzas, patos, fochas....

 

Retomamos la carretera bajo nubes desgarradas y grandes volúmenes nubosos que recorrían los cielos alternando las lluvias con los rayos del sol. Desde los acantilados sobre el mar se veía tanto un el arco-iris, como trombas de agua en forma de cortinas. Nos librábamos milagrosamente de una buena mojada y llegamos al final secos a Sampatiki.

 

El pequeño pueblo, en el que habíamos alquilado un pequeño apartamento, esta ubicado en una pequeña bahía entorno en la que no hay más de quince casas y una decena de pequeños barcos de pesca. Accedemos enroscandonos cuesta abajo por una empinada pendiente por la ladera de una montaña. Sampatiki es un lugar tranquilo desde donde parece que el tiempo se detiene y se intuyen entre las montañas las grandes paredes de escalada de Leonidio a escasos cuatro kilómetros.

 

 

Llegábamos a principios de Marzo, cuando sus montañas se visten de hierbas, flores, mariposas, insectos y flores.

 

La revista alemana de escalada Klettern en su número de Abril de 2014 dedicó un articulo a Leonidio con el titulo Parque de juego de los Dioses y desde entonces no ha parado de crecer el número de alemanes que en invierno vienen a escalar en sus paredes. El título no podía ser más acertado para unas paredes que parecen extenderse mágicamente ad ifnitum por el Peloneso.

 

En Pajinka, el bar que sirve de centro de reunión y financiación a la cooperativa de escaladores, tomamos café observando con entusiasmo una guía despegada y roída de Leonidio con sus múltiples rectificaciones y añadidos que atestiguan el constante equipamiento de nuevas vías en todos sus sectores.

 

Llevamos aquí más de 40 días escalando, enroscándonos en sus larguísimas chorreras y apretando en sus afiladas regletas, nos va a costar mucho dejar atrás estas paredes, sus playas y la amabilidad de sus gentes.

 

 



 

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