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Actualidades

Un día cualquiera pedaleando por Azerbaiyán

December 16, 2017

 

 

Llevabamos 86 km pedaleando y conforme a mis cálculos en unos  treinta minutos el sol desaparecería en el horizonte. Todo el día habíamos estado pedaleando por una gran y agitada autovía, era el único camino asfaltado en un gran valle lleno de cultivos, humedales y lagunas. No es el tipo de carretera con la que se disfruta viajando en bici, pero no había otras opciones. Las temperaturas por debajo de cero y la posibilidad de lluvías nos han hecho renunciar durante esta semana a los caminos sin asfaltar y a la acampada libre. Pinchado la tienda junto a los restaurantes teníamos garantizado un refugio caliente por la mañana temprano, si por la noche pasabamos frío.

 

Llegamos a una pequeña venta, pedimos té y chorba, una especie de sopa que yo odio pero a Marleen le encanta. No había muchas más opciones. Tras devorarla le hicimos la gran pregunta al encargado. La misma exactamente de los últimos días al anochecer: ¿Podemos acampar a la espalda del restaurante? El gordo cincuentón de cara prestada, barba crecida, chaqueta gris, chanclas de plástico y calcetines grises, dudó indeciso unos segundos y respondió finalmente asintiendo con la cabeza.

 

Nos terminamos el té y preguntamos por la cuenta. Alguien que se sentaba la mesa de atrás, entre un grupo de hombres maduros y con aspecto de venir de trabajar, había pagado la cuenta. Dimos las gracias y nos fuimos a montar la tienda. Era ya noche cerrada y las temperaturas rozaban los cero grados. Durante la noche yo pase algo de frío mientras Marleen con su nuevo saco de plumas no se enteró de que habiamos estado con una temperatura a menos. Fue como revivir cuando por la mañana entré en el restaurante y me tomé un café.

 

Poco después cepillandome los dientes frente al espejo de los servicios del bar, me llamó la atención mi aspecto impresionante flaco: los ojos algo hundidos, la larga barba, el pelo grasiento, las cejas mal crecidas y algunos pelos que ya empezaban a saludar desde el interior de la nariz. Eran los cambios físicos derivados del largo viaje, del desapego de la civilización. Yo quería pensar, para consolarme que eran las pruebas de que me iba haciendo hombre de mundo. Cuando regresé a la tienda me fijé en Marleen, su buen aspecto desbarató mis teorias, ella estaba fresca como una rosa.

 

 

Antes de abandonar el restaurante, desayunamos en su interior y sufrimos un sablazo. Esto me enojó muchísimo. La culpa era mia que no había preguntado por los precios antes de pedir. Hacía ya mucho que no nos habían cobrado en exceso y habíamos caído en la comodidad de no preguntar. Por algo de pan, mantequilla y queso nos pidieron exactamente 8 manat, unos 4 euros. No hubo mas remedio que pagar, eso o salíamos corriendo. Confirmamos la realidad del sablazo cuando poco después, en una pequeña tiendecita de pueblo, compramos para el almuerzo cuatro grandes piezas de pan por 1 Manat unos 50 céntimos de euros.

 

Era la primera vez que nos las daban con queso en Azerbaiyan. Recibimos la impresión injusta de que el carácter y cultura de los azerbaiyanos incluía sobrecargar los precios a los extranjeros. Es curioso como estas cosas, que a veces ocurren aisladamente pueden manchar la imagen general de un país. Incluso después de haber tenido una agradable conversación con el gordo avaro, ello no había supuesto un tabú para sus inmorales deseos de beneficios. Esto me recordaba lo que nos había ocurrido en Vietnam. Allí propensos también a dar sablazos a los occidentales, había una sutil diferencia. Tras una afable conversación los vietnamitas al contrario que aquí, podían llegar a bajar los precios a límites inesperados e incluso a nuestros ojos antieconómicos para ellos mismos. Era como si no se sintieran moralmente legitimados para timar a quienes amistosamente habían conversado con ellos. Mas cerca de Azerbaiyán, al otro lado del mar Caspio, en Kazajistan o Kirguistán, este problema con la cuenta simplemente no había existido, los precios habían sido por lo general justos. Nos prometimos preguntar antes de volver a pedir en un bar.

 

 

Durante todo el día pedaleamos por la autovía con un intenso tráfico. La monotonía se interrumpía de vez en cuando con algún exótico automovil superviviente de la era soviética que nos adelantaba. Además el paisaje empezaba a ganar grandiosidad. Una larga línea de blancas montañas nevadas se dejaban ver con claridad al norte. Eran las primeras vistas de la gran cordillera del Caucaso. Estaban situadas a unos 50 km de distancia, aunque el viento frio y la claridad del ambiente nos hacían sentir como si pedaleáramos sobre ellas. Ahora recorriendo la monótona autovía repleta de tráfico, añorábamos los salvajes recorridos por senderos y caminos campestres pedaleados en Kirguistán, China o Laos y prefería aunque solo fuera mentalmente trasladarme 50 km más al norte, sobre aquellas blancas montañas.

 

Paramos a prepararnos un café al cobijo de una parada de autobús, una de esas construcciones sovieticas con mosaicos y relieves de las que se han hecho incluso exposiciones fotográficas de gran éxito. A su espalda una gran laguna llena de patos, gansos y avefrías distrajo a Marleen mientras yo montaba la hornilla y la cafetera. Entonces pasaron dos ciclistas de alforjas. Tenían el mismo aspecto que nosotros pero pedaleaban en dirección contraria. También eran una pareja con sus bicis, sus mochilas y sus sonrisas. Saludaban en aquel momento a algunos azerbaiyanos al otro lado de la mediana de la autovía. Extrañamente sentí que eran dos almas gemelas a las nuestra, con los mismos pensamientos, valores y prioridades. Eramos nosotros mismos pedaleando en la dirección equivocada. No conseguimos que nuestros gritos y saludos los detuvieran, no se percataron de nuestra presencia. Quizás el destino quiso evitar el caos dimensional en el encuentro de almas iguales.

 

Muchos perros vagaban junto a la carretera, desde algunos vehículos les tiran comida. Marleen se paró a dar algo de pan a una perrita y un cachorrito que nos movían la cola desde la cuneta. Lo peor es tener que gritarles para que no nos sigan. Primero tratamos de darles los trozos de pan o lo que quiera que llevemos con nosotros y entonces mientras están entretenidos salimos con rapidez. Pero muchos corren dentras nuestra con el trozo de comida en la boca y solo con firmeza los podemos dejar atrás. Pedaleábamos a unos 40 kms al norte de la región de Nagorno Karabakh. Un territorio cuya independencia por la fuerza no ha sido reconocido internacionalmente. Se autoproclamó republica tras una guerra con Azerbaiyán apoyada desde Armenia. Ahora recorriendo estas tierras cercanas a las lineas de combate, observamos frecuentemente cementerios y rostros en las tumbas en su mayoría de varones jóvenes. El conflicto había empezado en 1990 y nunca se ha firmado la paz. Desde 1994 solo hay un débil alto el fuego que se rompe con regularidad.

 

A las cinco y media empezó a caer el sol. Ese momento del día en que los rayos pierden la fuerza necesaria para poder mantener las temperaturas y a nosotros nos hace recordar que hay que buscar un lugar para pasar la noche. A falta de hostales, hoteles o de lugares adecuados para acampar parecía que la mejor opción sería de nuevo, como en los últimos días, parar en un restaurante comer algo y hacer la pregunta del millón: ¿Tienen ustedes un lugar para poner la tienda?

 

 

Era dificil encontrar un lugar que nos gustara. Paramos en una gran tienda con bastantes clientes y empleados muy amables. Copramos algo de comida. Cuando ya nos íbamos, el joven encargado que hablaba correctísimo inglés, nos comentó que el día anterior una pareja australiana había pasado pedaleando en dirección contraria a la nuestra. Quizás las dos almas gemelas. Habían conversado y comido juntos en el restaurante que su familia tiene en las cercanías. Con cierta agilidad, algo de experiencia viajera o picando el anzuelo del joven,inmediatamente que si.

 

Comimos con nuestro anfitrión como marajás. Es parte de la cultura culinaria azerbaiyana poner sobre la mesa mucha más comida de la humanamente digerible, lo que puede explicar la tendencia a la obesidad de los varones de este país. Había un gran surtido de carnes asadas, quesos, salsas, patatas, lentejas y ensalada. De beber zumo natural de granadas y vodka. A mitad de la cena de repente me preocupé y tratando de no llamar demasiado la atención me fui al servicio a contar los billetes de nuestra cartera. ¿Tendríamos suficiente para pagar todo esto? Conté unos 40 euros que  debían ser suficiente para este pais y regresé más relajado a la mesa.

 

Ilham nos contó que su familia hizo algo de fortuna, cuando su padre después de unos años trabajando como tendero de la fruta en el gran bazar de San Petersburgo, regresó a Azerbaiyán con algunos rublos ahorrados.

 

Aquí en mi pueblo natal, nos explica Ilham entre brindis de vodka, mi padre compró algunas tierras junto a la carretera, que después por fortuna fue transformada en una autovía. Montó una tienda con gran éxito, después un restaurante, una gasolinera y una granja. La granja suministra la carne y otras materias primas a nuestros negocios.

 

La familia de Ilham es una de las más influyentes del pueblo y los alrededores. A sus 27 años poco a poco va asumiendo la responsabilidad de los negocios familiares. Es un tipo bajito de ojos negros en forma de aceituna, barga de dos días y cierta obesidad que va apareciendo en su abdomen y la papada. Sus maneras son las de un hombre de negocios azerbaiyano: seriedad y cierta solemnidad en los gestos, también se dejan ver algunos deseos europeístas. Conoce Praga, Roma y otras ciudades europeas, también Singapur aunque su ciudad preferida es Dubai.

 

La granja familiar se convierte rápidamente en tema estrella de la conversación. Nos cuenta algunas cosas sobre su funcionamiento. Posee gallinas, ovejas y vacas destinadas al surtido del restaurante y tiendas del pueblo. En ella trabajan más de 15 trabajadores.

 

La carne que ahora comemos es totalmente natural, afirma Ilham orgulloso.

 

¿Entonces los animales viven al aire libre y sin medicamentos?,  pregunta Marleen.

 

¡Por supuesto!, responde Ilham,  Los animales no reciben productos químicos para su engorde, solo los necesarios antibióticos para que no enfermen.

 

Vienen entonces a mi cabeza algunas imágenes de la carretera, de esas que se quedan gravadas en el subconsciente. Jeringuillas y pequeños frascos de cristal amontonados en las cunetas, en esos pequeños vertederos incontrolados junto a la carretera. Se trata con seguridad de envases de antibióticos para animales, cuando no de algo peor. Yo pensaba ingenuamente que quizás esta tecnología alimentaria no habría llegado a estos rincones del mundo. Son métodos legales y de uso cotidiano en la ganadería española y europea, aunque muchos expertos y organizaciones como la FAO denuncian su uso abusivo por que amenazan nuestra salud, siendo causa del aumento de la resistencia de las bacterias. Aqui para conocer más sobre este problema.

 

Los pollos los reciben en forma de grano, continua explicando Ilham, cuando entonces le interrumpo sin mucho tacto, preguntándole: ¿Pero Ilham no sería mejor no usar antibióticos? En realidad esto puede conllevar problemas para la salud de nuestras futuras generaciones y además esos medicamentos cuestan también un dinero que podrías ahorrarte.

 

Ilham frunce el ceño y con aire algo irritado responde: Eso sería simplemente una locura, morirían muchos animales, contraerían rapidamente enfermedades, se pegarían las enfermedades unos a otros y podría ser el origen de una epidemia en el pueblo, y quien sabe con que alcance. Mira!, en nuestra granja por ejemplo no se provoca el engorde acelerado con de los animales con esteroides o clembuterol como se hace en otras granjas y también en Europa. Te aseguro que la carne que estas comiendo es la mejor de esta región.

 

Bueno cambiemos de tema, dice Ilham conciliadoramente, el próximo verano me casaré con mi novia. ¿Vosotros estáis casados? nos pregunta Ilham.

 

No, no lo estamos, contesta Marleen. En Europa es normal que la gente se case mayor y tengan pocos hijos. Nosotros tenemos pensado casarnos cuando terminemos nuestro viaje en bicicleta.

 

La conversación se relaja un poco y Ilham nos cuenta que en la actualidad la mayoría de matrimonios en Azerbaiyan son voluntarios aunque en algunas zonas remotas puede haber aún ciertos arreglos y acuerdos familiares. Entrando de lleno en el escabroso terreno práctico de la división de tareas en el hogar, afirma que un hombre azerbaiyano nunca lavaría los platos o un cuarto de baño, si hay una mujer que pueda hacerlo. Hay una ligera expresión de incomprensión en su cara cuando le confieso que en las nuevas generaciones europeas todo esto es posible y que yo mismo me presto a dichas tareas de limpieza equitativamente.

 

Pasamos poco después a otro de los temas comunes en paises islámicos: Los musulmanes no somos terroristas, nos dice tajantemente. Al parecer había conocido el año pasado a unos suizos que decían estar muy sorprendidos porque los azerbaiyanos eran muy pacíficos y no mataban a nadie. Ilham nos continuó explicando que el problema del islamismo radical y los atentados en realidad a su entender lo causan algunos locos y mal intencionados que tratan de identificar a los musulmanes con terroristas. Yo me preguntaba en mi fuero interno si se refería a la CIA o al IS, pero preferí no preguntar.

 

En Azerbaiyán, comenta Ilham saltando a un nuevo tema, los niveles de corrupción de la administración son altísimos en todos los niveles. Hay mucho petroleo y riqueza pero apenas existe clase media. Es el país del mundo en que se venden más coches de lujo en proporción a su población. 

 

Después de terminar la cena hice amago de pagar, pero fui fulminantemente rechazado por nuestro amigo. Nos fuimos a la tienda con los estómagos más llenos de los últimos 10 meses. A la mañana siguiente Ilham hablaba con el capitán jefe de la policía de su pueblo en la puerta de la tienda. Apenas un kilómetro después algunas patrullas policiales levantaban la venta ambulante junto a la carretera. Vendedores que exponian frutas y verduras en cajas y los maleteros de sus coches.

 

Continuamos pedaleando hacia el norte, hacia la Reserva Natural Ilisu, cerca de la frontera con Georgia. Ello suponía desde el sur de Azerbaiyan cruzar el país en diagonal hacia el Norte. No era el camino mas directo para ir Georgia, pero teníamos el contacto del director del parque Nacional y el rodeo merecería la pena.

 

 

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