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Nos echamos la mochila a la espalda en Uzbequistán.

November 5, 2017

 

Con algo más de 13.000 kilómetros en el marcador de las bicicletas habíamos llegado al corazón de la ruta de la seda, Uzbequistan. Tras nueve meses pedaleando estábamos probablemente en la mitad de nuestro viaje y nos emocionaba la visita de una parte de la familia.

 

Durante 12 días dejaríamos aparcadas nuestras bicicletas y alforjas en un desván de nuestro primer alojamiento en Taskent, la capital de Uzbequistan y nos echaríamos las mochilas a la espalda, para viajar junto con los padres de Marleen por los mágicos territorios en que antaño lo hacían las grandes caravanas de mercaderes. Nuestro objetivo era explorar las perlas de la ruta de la seda, las míticas ciudades de Samarcanda, Bujará y Jiva.

 

 

Sin las bicis, acostumbrados a llegar a todas partes con su ayuda, lo primero que se nos planteaba era cómo llegar al aeropuerto para recoger a mis suegros. Llevábamos nueve meses moviéndonos únicamente en bicicleta y teniamos poca experiencia en las técnicas backpackers de coger taxis o buses colectivos en los paises “están”.

 

Habíamos oído que cualquier coche podía ser un taxi en las ciudades de Uzbequistan. Levantar el brazo, comunicar el destino y negociar el precio eran las sencillas instrucciones que se enumeraban en las guías para intrépidos viajeros independientes. En un transitado cruce de la ciudad levante el brazo con algo de vergüenza y en menos de un minuto nuestros traseros calentaban el escay de los asientos de un pequeño Daewoo Matiz.

 

Dos hermanos que conducían a casa de su abuela dieron un pequeño rodeo dejándonos en el aeropuerto por algo menos de un euro y recogimos a mis suegros que llegaban con algo de retraso de Frankfurt.

 

La mañana siguiente nos encontramos con Murad, el guía uzbeco que nos acompañaría en nuestra visita a los monumentos de Taskent y Samarcanda. Un joven cercano a los treinta años, de tez morena iraní y ojos negros que hablaba un sorprendente alemán sin haber estado en su vida en el pais bárbaro. Primero nos llevó al complejo religioso Khast Imon conjunto de madraza, mezquita y el mausoleo. Eran los primeros edificios uzbecos que veíamos, sus sublimes cerámicas, minaretes, celosías, líneas rectangulares, decoración geométrica nos cautivó de inmediato, haciéndonos abusar despiadadamente del botón del disparador de las cámaras. En la gran mezquita Murad nos contó las diferentes etapas que había atravesado la política soviética con el islam. En los primeros momentos de la revolución rusa, los bolcheviques se habían apoyado en los hermanos musulmanes para derrocar al zarismo en las repúblicas del sur. Posteriormente durante la etapa estalinista había llegado también a los hermanos musulmanes la represión: el cierre de mezquitas, la expulsión de los fieles por la fuerza y la prohibición total de su uso. En una tercera etapa el estado soviético se dedicó a desarrollar un islam oficial destinado a mandar una especie de mensaje a los musulmanes del mundo: el comunismo y el islam eran tanto compatibles como muy deseables. Durante esta última etapa se llegaron incluso a subvencionar ciertas cuotas de peregrinaciones a la Meca.

 

 En cualquier caso el resultado tras los años de ocupación soviética habían sido una práctica islámica bastante descafeinada, que se traducía en un pais islámico aparentemente tolerante, según lo que llevábamos visto hasta el momento. Especialmente revelador era ver en Taskent mujeres sin pañuelos en la cabeza y bastantes vestidas con faldas.

 

Aparentemente me contaba Igor un ruso afincado en la ciudad, durante una convesación de taberna, que el islam parece resurgir de nuevo, con más fuerza en zonas rurales lejos de la capital, especialmente en el Valle de Fergana. Este Valle al parecer cuna de cierto radicalismo islámico fue la causa de la “Masacre de Adijon” en 2005 según la versión gubernamental. Este suceso costó a Uzbequistan algunos años de aislamiento internacional.

 

El complejo religioso que Murad nos presentaba habían sido profundamente restaurado tras el terremoto de 1966. Ese año terrible suceso que había tumbado la mayoria de los edificios de la ciudad. Más de trescientas mil personas se quedaron sin hogar. Se construyeron muchos edificios de viviendas soviéticos, que hoy serían llamados lowcost, conocidos en la época como jrushchovkas o de estilo jrushev. Se construyeron también grandes edificios oficiales que dieron a la ciudad un nuevo aspecto y a los que han sido posteriormente arrebatados sus símbolos, escudos y reliquias soviéticas. Tashkent era por entonces de facto la capital de las repúblicas soviéticas “istan”.

 

En el gran cementerio junto al mausoleo, de antiquísimos y desconocidos origenes, Murad nos explica algunas de las curiosidades de las costumbres religiosas islámicas. Todo buen musulmán debe pisar al levantarse con el pie derecho, además debe entrar con este mismo pie en mezquitas, cementerios u otros lugares santos. Era curioso observar mientras Murad nos explicaba todos estos detalle, como aquellos que llegaban a contrapié daban un saltito para no desagradar a Ala.

 

El difunto islámico -proseguia Murad, tiene además la peculiaridad de ser enterrado sin bienes, esto incluye ausencia de ataúd y ropas: los musulmanes se entierran desnudos. Las tumbas además no tenían antes de la llegada de los rusos nombres o datos algunos del difunto. Desconocer los nombres de las personas enterradas, les había irritado tanto que los burócratas soviéticos habían instaurado un sistema oficial de enterramiento en el que era obligatorio que se incluyera junto al nombre y apellidos del difunto, una representación del rostro y por supuesto la fecha del nacimiento y defunción.

Esta es la razón por la que del antiguo cementerio que Murad nos mostraba nos se conocía que santos musulmanes o matusalenes estaban enterrados. Tampoco de qué época, al parecer antiquísima.

 

Al hilo de estas explicaciones de Murad en perfecto alemán, comenzó contándonos el siguiente curioso relato: Al parecer ocurrió hacía algunas decenas de años que según le había contado su padre, Sergei un pobre aldeano uzbeco de origenes rusos y religión cristiana ortodoxa, se llevó buscando durante días un lugar adecuado para dar sepultura a su difunto padre.

Sergei no tenía en los alrededores de su pueblo un cementerio cristiano, como tampoco tenía posibles económicos para mandar el cadáver a Taskent o a la Rusia ortodoxa.

 

Sergei acuciado por la necesidad urgente de enterrar el cuerpo de su padre, que ya empezaba a acusar el paso del tiempo desprendiendo las primeras emanaciones propias de la descomposición, acudió desesperado al imán de su pueblo.

 

Junto a la mezquita, en un lateral se ubicaba un hermoso cementerio musulmán con unos bellísimos jardines y unas preciosas vistas a las montañas. Además la ubicación del cementerio, muy cercano a la aldea, le permitiría visitarlo regularmente.

 

Ibrain - le dijo Sergei al Iman, como tu sabes mi cristiano padre falleció hace ya tres días. He buscado infructuosamente durante días un cementerio de nuestra fe para enterrarlo, pero no he hallado ninguno. Te pido que me permitas enterrarle junto a la Mezquita.

 

El Iman Ibrain, respondió generosamente: En nuestro cementerio siempre ha habido sitio para quien lo necesitara sin importar ni sus bienes, ni el nombre del Dios al que dirigiera sus rezos. Por favor trae aquí a tu padre para que descanse en paz junto a los hermanos musulmanes.

 

Sergei quedó muy complacido, respirando profundamente aliviado durante el enterramiento.

Sin embargo, trascurridas algunas noches Sergei soñó con su padre:

  • Padre, ¿Qué tal te encuentras, en los bellos jardines junto a la Mezquita?

  • Hijo mío, la verdad, le contesto el padre, es que no termino de encontrar el reposo, no querría importunarte, pero si es posible te pido que dispongas lo necesario para mi traslado a otro santo lugar.

  • Padre es quizás un problema estar junto a una Mezquita o en un cementerio no cristiano?

  • No hijo mío, nuestras creencias no son un problema, pero no termino de encontrar la paz en este lugar.

Sergei se paso buscando infructuosamente un nuevo lugar durante un par de días sin éxito.

 

Dos noches más tarde, el hijo volvió a conversar en sueños con su padre:

 

 - Padre, ¿Cúal es el problema? ¿Por qué no encuentras el reposo?

 - Hijo mío me daba un poco de vergüenza contarte las verdaderas razones. En este cementerio soy el único vestido. El resto de difuntos musulmanes descansan enterrados todos desnudos. Por este motivo soy mandado todas las noches al pueblo a comprar vodka.

 

Por la tarde Murad se despidió, dejando una de esas sonrisas falsas que se quedan olvidadas en la cara y dejándonos en un bullicioso mercado, el gran Chorsu Bazar de Taskent. Un efervescente lugar lleno de compradores y vendedores ubicado en un edificio elíptico de regusto soviético forrado en mármol.

 

Pero con lo que realmente disfrutamos en Taskent fue con el metro. Compramos con facilidad los billetes del tren subterráneo que se convirtieron en unos auténticos pases para una maquina del tiempo.

 

Tashkent había sido antes de la caída de la URSS, una especie de capital de toda la Asiacentral soviética. Si había una maquina del tiempo que te podía trasportar a esa época, eran los vagones del metro. Las estaciones son verdaderos museos de arte contemporáneo soviético. El metro de Tashkent es uno de los más ornamentados del mundo. Al apearnos en la primera parada, un olor característico a combustible fósil y monóxido llenaba la atmosfera y los pulmones. No era ni mucho menos desagradable, sino evocador.

 

Estabamos en la parada denominada Cosmonautas. Sobre nuestras cabezas una vía láctea elaborada a base de escamas de cristal montadas sobre una robusta estructura metálica. En las paredes mediante murales cerámicos en diferentes tonos azules se recreaba la atmosfera terrestre y todo el espacio sideral. Salpicados había numerosos ojos de buey simulando las escotillas de los Spuknik o Vostok, todos con personajes de la era espacial sovietica Yuri Gagarin, Valentina Tereshkhova, Dzhanibekov (nacido en Taskent)...

 

Recorrí de norte a sur la parada Cosmonautas buscando por todas partes la escotilla con la figura de Laika, que no hallaba. Era la gran olvidada de aquella fabulosa obra artística. No la olvidaron sin embargo ni Mecano, el grupo español que le dedicó una bella canción, ni los científicos que convivían con ella en la base espacial Baykanur, aquellos que la entrenaban para que fuera el primer ser vivo en viajar por el espacio. En aquellos días los científicos del programa espacial soviético sabían que Laika moriría poco después de elevarse sobre la atmósfera y en un bonito gesto el jefe del equipo científico se llevó a Laika a casa para cenar con su familia la noche antes de ser lanzada al espacio.

 

Cada estación del metro de Taskent es única, tienen su propia personalidad. Todas y cada una estan dedicadas a un tema o estilo arquitectónico. El metro de Taskent parece querer negar la clásica monotonía atribuida a las artes soviéticas, con una profusa decoración de mosaicos, esculturas y bajo relieves y el uso de variadísimos materiales metal, cristal, granito, mármol o alabastro…

Recorrimos entusiasmados otras muchas paradas de metro. Tras las puertas del vagón, se abría antes nuestros ojos una sorprendente arquitectura: el espacio sideral, una catedral, los salones del palacio de Versalles...

 

Lamentable e incomprensiblemente el metro tiene en la tradición rusa consideración de zona militar y cualquier fotografía esta terminantemente prohibida. Varios policías por parada vigilan rigurosamente que los turistas no realicen fotografías.

 

Yo escondido tras las columnas de cerámica azul marino y con el móvil pegado al pecho pude fotografiar el ojo de buey en el que aparecía el rostro de Tereskova, la primera mujer cosmonauta. ¿Qué es lo que tanto cautiva de quebrantar las normas?

 

El día siguiente dejamos Taskent, nuestra ruta pretendía recorrer el corazón de la ruta de la Seda visitando las ciudades de Samarcanda, Bujará y Jiva. Seguir los pasos de las caravanas camelleras que recorrieron en el pasado estas tierras desde el oriente chino hasta a el occidente europeo, desde los mercados de Venecia a la corte del gran Kan. Se llevaban y traían no solo mercaderías sino artes, religiones, cultura y también enfermedades como la peste.

 

Deseábamos visitar esos mágicos lugares descritos por los mercaderes y exploradores: Marco Polo, Clavijo, Battuta… reviviendo de nuevo los capitulos de la serie española la ruta de la seda y todas aquellas lecturas que durante mi infancia y juventud, me habían llevado por imaginarias aventuras.

 

 

En la estación de trenes de Tashkent tomamos el Talgo a Samarcanda. Sí! Un Talgo!, un tren fabricado en España, en cuya carrocería podía leerse para orgullo hispánico Talgo-Ubekistan Railways. Un valenciano con el que estuvimos charlando en la estación hizo cientos de fotos de la pequeña pegatina adosada en el lomo de la locomotora. Recorriamos una fertil zona de Uzbequistan irrigada con las aguas del rio Serafshan. Cientos de Frutales y plantaciones entre las que destaca el controvertido algodón de Uzbequistán llenaban sus orillas.

 

El algodón es el principal cultivo de este país y mucho ha dado que hablar en foros de organizaciones humanitarias y derechos humanos, así como en la propia ONU, el trabajo obligatorio y forzoso en la recogida del algodón. Especialmente controvertido era el trabajo en los campos de niños sacados de los colegios y pueblos enteros obligados a trabajar en los campos durante las épocas de recogida.

 

 

 

 

Lo cierto es que nosotros no vimos niños trabajando en los campos en el mes que duró nuestro trayecto por Uzbequistan tanto en tren como posteriormente en bici, pero no deja de ser un tema caliente y pacífico. De hecho en alguna ocasión se nos impidió tomar fotos de las tareas de recogida. Al parecer actualmente son solo algunas categorías de funcionarios públicos como profesores, personal sanitario y militares, los que durante determinadas épocas del año son compelidos a la recogida de algodón.

 

Pasamos unas bellas colinas con tramos rocosos de paredes calizas teñidas de añejo marrón las que nos hicieron añorar nuestros tiempos de escalada. Al atravesarlas se abrió una amplia llanura en forma de estepa.

 

En muchas zonas podían verse las manchas blancas salinas sobre con la tierra yerma. Señales de una constante lucha de los agricultores uzbecos contra la estirilidad, contra la excesiva salinidad. Desde que hace un par de decenios se iniciara la sobreexplotación acuífera y consiguiente desecación del Mar de Aral este ha sido uno de los desastres socioeconómicos y ecológicos más importantes en nuestro planeta.

 

La estepa se vestía a cada kilómetro de más caracteres desérticos y pronto empezaron a aparecer las primeras dunas. En un ambiente tan evocador no me era difícil imaginar las caravanas de camelleras.

Llegamos tras cuatro horas a Samarcanda. El tiempo era magnifico, el cielo azul y la temperatura muy agradable.

 

El chofer uzbeco traía nuestros apellidos plastificados en un papel A4. Nos montamos en su vehículo chino, con el logotipo fake de Citroën (las dos espigas pero algo recortadas). Recorrimos la mítica y asombrosa ciudad de Samarcanda, entre un caótico tráfico de ensordecedores pitidos y policías de uniformes verdes y gorras de gendarme francés de semblante serio. Embobados con los edificios históricos que nos salían al paso llegamos a nuestro Hotel entusiasmados y deseando escapar a explorar la ciudad.

 

Samarcanda es todavía recordada por algunos como la ciudad soviética de las mil y una noches, si bien los signos de la era comunista han ido desapareciendo en interés de épocas más convenientes a la política turística actual. Una pena por que en Taskent el metro soviético había sido uno de los platos fuertes de nuestras exploraciones.

 Son en realidad el reinado del gran conquistador Tamerlan y la Ruta de la Seda los vestigios del pasado que interesan gubernamentalmente destacar, en detrimento del pasado comunista.

Tan pronto como nos apeamos de la furgoneta, nos tomamos un café y nos embarcamos en un tour improvisado que capitaneó Marleen con la ayuda de un pequeño mapa. El primer objetivo serio era encontrar y visitar la sinagoga. Nuestras exploraciones nos llevaron a un barrio humilde, de caóticas calles sin asfaltar, tuberías colgantes en las fachadas y simpáticos niños que nos saludaban educadamente y advertían de la presencia de perros sueltos. Preguntamos a algunos vecinos por la sinagoga que con seguridad pensaron que los cuatro éramos una familia judía en busca de un lugar de culto.

 

Al llegar frente la puerta de madera con dos grandes estrellas de David la sinagoga parecía fuera de servicio. Probablemente muchos de los judíos habían emigrado tras la caída de la URSS y seguramente se habrían quedado sin feligreses.

 

Durante esta primera exploración de la ciudad, sin entrar en los monumentos para no distorsionar la sorpresa de la visita con nuestro guia al día siguiente, ya pudimos saborear la grandiosidad que la ciudad había tenido en el pasado.

 

Quizás por casualidad o por pericia de Marleen llegamos al asombroso complejo Registán formado por sus tres madrazas. Esas universidades del pasado musulmán, cuna y almacén de prodigiosos conocimientos, en las que se estudiaba además del Corán nobles materias como la medicina, la astronomía o las matemáticas.

 

Las tres madrazas forman un complejo arquitectónico espectacular que trasportan a los viajeros a centurias pasadas, tiempos de turbantes, camellos, matusalenes y mulahs. Construidas en ladrillo, de cerámicas celestes, líneas rectas formando majestuosas fachadas rectangulares decoradas con profusas formas geometrías. Los edificios no consienten un espacio vacío de decoración, siguiendo los cánones del islámico horror vacui. Los coloridos mosaicos exteriores lucían con especial intensidad a la caída del sol y sus alrededores se llenaron de esforzados turistas y uzbecos que tratan de sacar el máximo partido a sus cámaras de fotos y móviles.

 

“Samaracanda, el más bello rostro que la tierra volvió jamás hacía el sol¨, escribió sobre la bellísima ciudad el poeta persa Omar Jayyam en el siglo XII.

 

 

En este escenario propio de las mil y una noches me llamaron la atención la curiosas representaciones de animales en el friso de la madraza Sherdor, dos tigres que cazan sendas gacelas bajo la mirada de felices soles de rostros orientales. ¿Cómo puede permitirse tal herejía por una sociedad islámica? ¿Seres vivos y rostros representados en un edificio religioso islámico? Me preguntaba mientras trataba de buscar una explicación en las guías de viaje descargadas en mi movil.

 

Pero lamentablemente estas guías nada contienen a este respecto y tuve que esperar a que unas horas más tarde se produjera el casual encuentro con el arqueólogo uzbeco Bridnadsit Armanov al que conocí tomando te en una tasca de Samarcanda.

 

Este Indiana Jones uzbeco de pantalón vaquero, chaqueta de aviador y bolsa de cuero marrón estilo bandolera, me aclaró que a pesar de que en el islam estan proscritas las representaciones de seres vivos, sean o no humanos, Sher Dor suponía una contundente y desafiante excepción, con origenes en la persistencia de vestigios de la arcaica religión persa Zoroastrismo en la sociedad islámica de la época. La religión de Zaratrusta era predominante en Samarcanda y toda Persia antes de la llegada del islam en el siglo VII A.C. Fue la primera religión monoteísta. Predicaba el culto al fuego eterno y todavía hoy en día con casi dos millones de seguidores en el mundo. Sus influencias quedaron plasmadas en la madraza de Registán en Samarcanda, un edificio religioso islámico con unas felices caras solares y bellos animales representados en un lugar privilegiado: el inmenso frontón sobre el arco de entrada.

 

Si algún día los radicales islámicos realizan una purga artística como la llevada acabo con los famosos budas de Afganistán, estoy seguro que empezarán por estas bellas representaciones, me decía Indiana confidencialmente.

 

Murad nuestro guia, al contrario que el arqueólogo uzbeco, tengo que reconocer que desde el principio no me había caído muy bien. Por supuesto estaba dispuesto a darle un cierto margen y tratar de no juzgarlo precipitadamente. Pero sus bromas bien sexistas, humillantes con las mujeres o bien con el consumo de alcohol o el tráfico de drogas me parecían fuera de contexto. Tenía la impresión en términos budistas de que el contenido de sus conversaciones y sus bromas venían cargadas de ciertas toxinas que eran difíciles de esquivar.

 

En nuestro segundo día en Samarcanda, Murad nos llevó aquella mañana en primer lugar al Observatorio Mirzo Ulugh Bek. Como los españoles habíamos tenido en la antigüedad un rey sabio, Alfonso X, los uzbecos tuvieron también un rey de ciencias. Un astrónomo, cuyas precoces teorías sobre la redondez de la tierra y la exacta duración del año fueron adoptadas con entusiasmo trescientos años más tarde por los modernos astrónomos europeos. Su centro de estudio y operaciones era un edificio circular del que apenas se conserva, una estructura semicircular que le servía para realizar sus precisos cálculos astronómicos, mediante el reflejo de los rayos solares que entraban por un pequeño ventanuco circular.

 

 

 

Fue un arqueólogo ruso el que encontró entre las ruinas del observatorio en el S. XIX, papiros con cientos de valiosos datos, estudios astronómicos enterrados, un minucioso catalogo de estrellas, asi como avanzados artefactos, sextantes…que dejaron asombrados por su exactitud y acierto a los científicos europeos de la época.

La mayoria de estos tesoros se encuentran repartidos en diferentes museos fuera de Uzbequistan, se lamenta nuestro guía. Son tesoros que nos pertenecen y se encuentran expuestos, debido al colonialismo, en museos de Londres o Moscú -decía Murad, con desdén.

 

 

 

 

 

 

 

 

El expolio arqueológico de las metrópolis a sus colonias es algo que daría mucho que escribir a favor de éstas, pero por otra parte pienso en los tristes hechos ocurridos con los budas de Afganistán, o los grafitis sobre los grabados budistas con más de mil años que visitamos en Kazajistán. O los petroglifos de la edad del Bronce, de más de 7000 años arañados y martilleados en Uzbequistán. Creo que para que ocurra esto mejor están estos tesoros en Londres o en Moscú.

 

Pero no son los reyes sabios, por desgracia, los que pasan a la historia más laureados. Lo son los guerreros, conquistadores, grandes creadores de imperios. O los expertos en literatura histórica y propaganda estatal los que se apoderan frecuentemente del orgullo de los pueblos. Uzbequistan tiene su héroe en Tamerlan, en realidad un nómada de origenes mongoles.

 

Los uzbekos equiparan su imperio a los grandes emperadores y reyes de la historia: Alejandro Magno, Genjis kan… A finales del siglo XIV, años de la época dorada de la ruta de la seda, coincidente con las grandes construcciones en Samarcanda, erigía Tamerlan a golpe de espada un gran imperio.

 

Al final de la tarde, con una luz anaranjada abrazando los edificios, llegamos frente al magnifico Mausoleo de Tamerlan, un bello edificio consecuente con su glorioso pasado. Un edificio rectangular, de finísima y bellísima decoración, en la que se emplearon cuatro kilos y medio de oro repartidos por sus paredes. Oro que fue restaurado y repuesto durante la era soviética con fondos venidos de Moscú.

 

Los siguientes días nuestras exploraciones nos llevaron a las ciudades también caravaneras de Bujará y Jiva dos verdaderos museos al aire libre: Mezquitas, mausoleos, murallas, castillos, minaretes, caravanserais... en un estado excepcional de conservación. Pasear por sus calles supone poder imaginarse la llegada de las grandes caravanas sedientas. Cientos de camellos y mercaderes, agrupados por necesidades estratégicas . Las caravanas de mercaderes dotadas en su mayoría de un pequeño ejercito dispuesto para su seguridad y en la que pequeños mercaderes pagaban tributo para poder sumarse a ellas y gozar de su protección, requerían infractuestructuras y suministros.

 

 

Estas ciudades en el centro neurálgico de la ruta de la seda requerían estaban dotadas de hostales y albergues, llamados caravanserais que hoy pueden contemplarse con asombro en Bujará y Jiva.

 

Tras estos 12 días regresamos a Tashkent, desempolvamos nuestras bicicletas y continuamos pedaleando dirección Oeste en dirección Mar Caspio, siguiendo la pequeña carretera que entre las montañas del norte conduce a Nurata, una ciudad olvidada por los viajeros.

 

 

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