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Actualidades

Al filo del invierno en el Parque Nacional Sayram-Ugam.

October 11, 2017

 

 

Un zarpazo adelantado del invierno nos ha sacudido hoy a modo de advertencia en las montañas del Parque Nacional Sayram-Ugam (Kazajistan).

 

Ayer 10 de Octubre en el Hostal Arsenal de la ciudad de Aksukent, unos golpes en la puerta de la habitación a las 8:30 de la mañana, nos recordaban que tan solo habíamos pagado la tarifa reducida de 12 horas. Dimos un salto de la cama. Nos pusimos a recoger con prisas, metiendolo todo en las alforjas, mientras nuestro pequeño hornillo de gasolina calentaba la cafetera italiana en el centro del suelo de la habitación.

 

Los zapatos y el resto de la ropa seguían empapados de agua, después de que el día anterior nos lloviera durante toda la jornada de pedaleo. El Arsenal era un Hostal de la era soviética, venido a menos con los años y que lamentablemente carecía de calefacción para secar nuestras ropas. Tan pronto como entré en él me pareció una especie de melancólico pequeño Gran Hotel Budapest, aunque muy desmejorado. Su propietaria aunque amable era estricta en la salida de los huespedes a la hora debida. Nos tomamos el café soplando y abandonamos el Arsenal en busca del desayuno.

 

 

 

Con la ropa todavía medio mojada, nuestros cuerpos humedos y bajo un cielo gris amenazador de pelos de bruja y barrigas de burro, empezamos a pedalear por la ciudad de Aksukent en busca de un desayuno. En la tienda de un curioso kazako de piel morena, pelo de alambre negro y un gran mostacho compramos algo de pan, zumo de naranja y esmetana. El que pudiera haber sido un sultán otomano en vez de un tendero, nos ametralló a preguntas sobre nuestro viaje que tratamos de contestar pacientemente.

 

 

 

Tomamos el desvió hacía la estrecha carretera que conducía al parque nacional Sayram-Ugam ubicado exactamente a 63km desde el cruce.  La carretera llevaba bastante tráfico, especialmente de camiones y su asfalto parecía no haber sido reparado desde los tiempos de la represión estalinista.

 

Nos paramos a comer bajo unos árboles, en los que alguien había dejado una curiosa y bien conservada mesa de picnic, de las que hay en los biergarten alemanes. Inexplicablemente el destino la había dejado allí, ubicada junto a la carretera para nuestro disfrute desayunando y también para el de muchos conductores kazakos que frenaban para observarnos, nos pitaban y saludaban con curiosidad.

 

A los 20 minutos teníamos los cuerpos y hasta el alma congelados. Seguimos pedaleando en dirección al parque cuando uno de los camiones apunto estuvo de acabar con nuestras aventuras, nuestros escasos vicios y llevarnos a los dos al otro mundo.

 

El camión en cuestión circulaba muy pegado a otro camión que le precedía. Sus ruedas del lateral derecho pisaban sobre la cuneta, que era precisamente donde nosotros pedaleábamos. No pudo vernos y al llegar a nuestra altura me golpeó a mi en el espejo y a Marleen en los zapatos que colgaban de su alforja izquierda, para que se secaran. Los dos perdimos el control e hicimos campo a través por las rampas de la cuneta. Al principio quedamos conmocionados después nos abrazamos celebrando haber sobrevivido.

 

Del primer árbol que vimos arrancamos dos ramas que atravesamos horizontalmente sobre nuestras alforjas para obligar a los coches y camiones a dejar una mayor distancia de seguridad.

 

Llegando a Kaskasu uno de los pueblos que sirve de entrada al parque, empezó a chispear. Se paró un gran coche soviético GAZ volga blanco cuyo conductor y su familia nos pidieron hacerse unas fotos con nosotros y las bicis. El padre de unos 50 años, como muchos kazakos de esta quinta, había hecho el servicio militar en la RDA, la alemanía soviética. Aquella de STASI y los permisos diarios para cruzar el muro. El hombre asoció automáticamente turistas en bici con alemanes, como suele ocurrir por estas tierras y yo decidí no aguarle la fiesta explicándole mi procedencia española. Dije un par de palabros en alemán que el celebró y nos confirmó con entusiasmo la posibilidad de encontrar alojamiento en el pueblo.

 

Sin embargo al llegar al pueblo bajo una fina capa de lluvía, como suele ocurrir muchas veces nadie sabia nada de alojamiento. Los vecinos no saben si alguien en el pueblo aloja viajeros.

 

- Guesthouse esdis? Niet! (Guest house aquí? No )

- Si, mire...sabemos que hay una persona que aloja turistas, lo hemos leido en internet...

- Hostal esdis, niet idei  (Hostal aqui, ni idea)

 

Después de preguntar a varias personas alguien nos dijo que a 4 km más en dirección al parque alguien hospedaba turistas en su casa. Estabamos empapados, medio helados y habia empezado a llover seriamente de nuevo.

 

Las gotas caían medio congeladas. La carretera había venido subiendo suavemente y sin darnos cuenta nos encontrábamos a más de 1300 metros de altura, la humedad, el sudor frio y la lluvia empezaban a pasarnos factura en forma de tos y estornudos. Se apoderó de nosotros una fuerte sensación de frio.

 

No queríamos acampar con todo mojado y bajo la lluvia. Decidimos que debíamos seguir hasta encontrar un refugio donde secarnos y secar las ropas. Seguimos algunos kilometros más siguiendo las escasas indicaciones de las personas que preguntábamos, cuyas respuestas eran muchas veces contradictorias.

 

La carretera empezó a serpentear escalando por uno de los muchos cañones originados por los rios que bajan de la cordillera y empezó de repente a llover con fuerza. Estabamos muy cerca de las altas montañas del parque nacional y cada vez podía verse más vegetación y menos personas o casas. Nos refugiamos bajo un árbol y una señora nos dijo que a unos 2 km encontraríamos una gastiniza (alojamiento familiar).

 

Pasados los dos kilómetros volvimos a preguntar a unos pastores y agricultores. Nadie sabía nada. Un fuerte chasquido metálico en la parte trasera de mi bicicleta, era la señal de la rotura de un radio. La rueda trasera empezó a girar con un incomodo rodar ovoide originando un desagradable movimiento impreciso de toda la parte trasera de la bici. Decidimos no reparar bajo la lluvia y continuar pedaleando.

 

Seguimos pedaleando hacia las montañas desconcertados y desanimados. Quizás deberiamos acampar pensamos los dos y cuando ya estabamos desesperados y helados por el frio, preguntamos a dos varones que charlaban en la carretera bajo la lluvia. Karzan el mas joven y delgado, de pelo negro aplastado sobre la frente y profundos pequeños ojos negros me dijo en ruso: Maio domo gastiniza (mi casa alojamiento familiar). Marleen y yo respiramos aliviados.

 

Nos llevo a la casa de su familia, su padre un varón de unos 65 años de aspecto solemne y uniforme militar desprovisto de insignias nos dio la bienvenida. Su rostro me recordaba al del dirigente comunista de los setenta y ochenta Leonid Brézhnev. Empezó a dar ordenes claras a su hijo y a su nuera organizándolo todo. Ropas mojadas aquí, bicicletas allá, alforjas y su limpieza allí. Esta será la habitación de los huespedes, y en 30 minutos se servirá la comida. La pequeña dictadura familiar funcionaba a la perfección.

 

En una gran habitación dispusieron sobre una gran alfombra unos colchones de lana y unas colchas. Treinta minutos depués estabamos secos y comiendo junto a todos los miembros de la familia: Padre, madre, hijo, esposa y bebe de tres meses. Nos sentamos sobre alfombras alrededor de una mesa de patas cortas. La televisión tenía las noticias de una cadena rusa. Hacía escasos momentos momentos una banda mafiosa dedicada a la extorsión y al tráfico de armas era detenida por la policía rusa y se ofrecian imagenes casi en directo.

 

La madre trajo un horrible caldo templado con patatas, verduras y dos trozos de carne a la que se adhería abundante colesterol en forma de masa fétida. Lo siento odio las sopas, los guisos y los caldos. Sobre la mesa también había pan, esmetana, mantequilla y dulces azucarados en forma de bola. Yo me centré en estos últimos y Marleen tras comer  una cantidad prudencial de caldo, se centró en el pan y la esmetana.

 

Nos Trajeron un atlas de la época de Stalin para que les explicáramos nuestro viaje. Ellos conocían Uzbequistan y hablaron muy bien de este pais y de sus gentes, lo que suele ser poco habitual entre pueblos vecinos.

 

Durante la cena el padre mostró sin complejos ser uno más de una larga lista de nostálgicos de la era sovietica. De Gorbachov dijo varias veces: ploja, ploja, burdel (malo, malo, un burdel). Y a pesar de que tratamos de enfocar el tema de la perestroika desde una perspectiva de apertura democrática no varió un milimetro su postura. De repente dijo: “Catalunia prablem” queriendo cambiar de tercio. A mi me dolieron las entrañas. Las banderas nacionalistas catalanas aparecían en ese momento en las noticias de la televisión rusa. El tema del desafío independentista de Cataluña ocupó las noticias un par de minutos. Un enviado especial ruso hablaba sobre un trasfondo, en el que sólo solo se veían pancartas con el SI al referéndum y las banderas nacionalistas catalanas colgadas de decenas de balcones.

 

La mujer de nuestro Brézhnev debió leer la tristeza en mi rostro derivado del cambio de tema y trajo una botella de vodka kazako. Nosotros pensamos que en la cerrada sociedad kazaka el alcohol quedaba reservado a los varones, pero en la casa del nostálgico soviético, fue sin embargo la mujer la que dirigió un par de brindis por España y nuestro viaje, mientras su marido bebía te verde y pensaba con nostalgia en la época dorada del comunismo soviético.

 

Nos fuimos a la cama sobre las nueve de la noche. Antes de dormir al acercarnos a la ventana vimos que estaba todo nevado. Nos miramos preocupados, un ramalazo del invierno nos había pillado de lleno. Desde Enero habíamos disfrutado de un permanente verano y el horizonte del invierno nos atemorizaba. El conocido frio en los paises de las regiones del Cáucaso: Azerbaiyán y Georgia comenzaba a causarnos pavor.

 

 Es difícil planear una ruta recorriendo en bici toda Asia y Europa sorteando las estaciones invernales. En algún lugar te tiene que pillar el toro del crudo invierno y aunque hoy le habíamos dado capotazo al primer envite invernal sabíamos que lo peor estaba por llegar.

 

Por la mañana el dia 11 de Octubre mi espalda estaba más quebrada que la noche anterior. La almohada y las delgadas colchonetas de lana eran rígidas como una piedra. Tan pronto como nos despertaron los rayos del sol entrando por la ventana, fuimos a admirar de nuevo el exterior. El aire gélido refrescaba con su pureza nuestros pulmones. Una gruesa capa de nieve cubría los árboles y la verde vegetación.

La madre era la única de la familia que quedaba en la casa. El resto se había ido en el viejo Lada a  Shimkent a recoger unos familiares que venían de Astana.

 

Tras salir de la finca nevada de la familia, giramos de nuevo por la pequeña carretera asfaltada, subiendo lentamente hacía las montañas nevadas del Parque nacional. El paisaje era imponente. El sol brillaba con toda la fuerza de la que había carecido los dias anteriores, la claridad deslumbraba la vista. Una extensa llanura blanca era la antesala a un soberbio macizo montañoso totalmente nevado que se levantaba desafiante. El asfalto se acabó de repente y consideramos que había llegado el momento de reponer el radio roto, antes de romper algún otro en los baches. Saqué uno de los radios de procedencia china que había comprado en el bazar de Karakol en Kirguistán y se lo instalamos centrando la rueda.

 

Mientras reparábamos la bici. Nos saludaron diversos locales parando sus viejos vehículos ofreciendonos ayuda. Estos son momentos en que se refuerzan mis argumentos en contra de la existencia del conocido como gen egoista. Especialmente amable fue un uzbeco con dentadura dorada conduciendo de viejo pero elegante Gaz Volga ruso de color negro que nos invitó a bebida energética, pan y manzanas. Nos explicó que venía de Uzbequistan sin dinero pero con el tanque lleno de gasolina y el maletero de alimentos, haciendo turismo.

 

Empezando a subir entre las laderas montañosas cerca de la puerta del parque, al presionar la maneta de cambio correspondiente a los piñones traseros, el cable se partió dejando la cadena situada sobre el piñon mas pequeño y duro para las subidas. Decidimos hacer un chapuz rápido y dejar la cadena fija en un piñon intermedio.

 

Tuvimos que empujar las bicis los últimos 2 km debido a la inclinación, el barro y las piedras. Llegamos a las puertas del parque. Un guarda forestal que salió de la cabaña de control del parque nos invitó a pasar gratis, sin abonar los preceptivos 500 tengues, quizás como premio a haber llegado en bicicicleta.

 

En nuestro treking por el parque nos llamó la atención la gran cantidad de frutales silvestres: perales y manzanos de pequeñisimas pero riquísimas frutas. También pinos con troncos parecidos a los de un ciprés, una especie juniperus parecido al enebro, en el que se escondían de la busqueda y enfoque de nuestros prismaticos decenas de pequeños silvidos que no pudimos identificar.

 

Con las hojas de los árboles aun verdes, rojizas o amarillentas y una hierba aún florida, la nieve ofrecía un precioso  paisaje de colores con fuertes contrastes.

 

Rápidamente el cielo del parque fue cubierto por una interminable columna de aves rapaces de mezcladas especies que formaban un solo gran grupo. Milanos, aguiluchos, busardos...nos deleitaron durante varios minutos con un baile circular. Aprovechando las columnas térmicas, cientos de rapaces de diferentes especies se elevaban formando una autovía espiral en la que trataban de tomar la altura suficiente que les permitiera cruzar las altas montañas nevadas del parque en dirección sur.
 

Regresando a nuestras bicicletas, de las que nos habíamos liberado para hacer el sendero, depositandolas junto a la caseta de control, nos paramos a admirar un alcotán europeo que sin temor alguno nos observaba curioso dejándose fotografiar.

 

Desde las montañas del parque, con el viento de espalda y una inclinación descendente constante, fuimos catapultados hasta Shimkent. Desde los 1700 metros hasta los 500 metros sobre el nivel del mar a que se encuentra la ciudad, 70 kilometros en poco más de dos horas. Pasamos del frio invernal de las montañas nevadas a la cálida llanura. Del chaquetón polar con el que habíamos empezado a pedalear, a la manga corta con que llegamos a Shimkent

 

Buscamos durante un rato una Guesthouse que alguien que no recordamos nos había recomendado: Shym-Art. La encontramos y nos cautivó desde el principio.

 

Ambiente artístico, hospitalidad de los caseros y mix cultural. Los alojados: croatas, americanos, israelies, kazakos e incluso un expolicía de la URSS creaban un pintoresco ambiente...

 

 

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