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Alakol, la Chipiona de Kazajistán y los cosmonautas.

August 8, 2017

   Cuatro días despues de entrar en Kazajistan, hemos decidido hacer una parada en una clásica zona de veraneo kazaja: Alakol. Estábamos cansados de las largas jornadas pedaleando los últimos días en China. La inminente finalización de nuestro visado nos había forzado al límite pedaleando hasta que alcanzamos la frontera. Llegamos in extremis, el último día de estancia legal.

 

Una vez en Kazajistán, el viento siempre en contra de la estepa kazaja, somplando siempre de oeste se había encargado de acabar con las pocas fuerzas que nos quedaban. Yo había sucumbido al cansancio y deseaba aparcar un par de dias las bicicletas en una zona convencional “de playa”.

 

 

 

 

El lugar escogido eran las orillas de un lago, del que habíamos oído mucho hablar a los kazajos: Alakol. Nos temíamos una zona turística masificada y siendo finales de Julio era el momento.

 

El día que convencí a Marleen para parar en Alakol era 19 de Julio. Sergei, que no hablaba ni una sola palabra de inglés, se levantó muy temprano mientras yo preparaba el café, me dio los buenos días en ruso: Dobiri dién! y salió andando de la casa del Instituto Hidrográfico Kazajo con algunas probetas del laboratorio hacia las orillas del rio. Recogía las muestras de agua que debía examinar durante las próximas dos semanas.

 

Era el enviado del Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente kazajo para examinar las aguas del rio Nerev. Un rio que nace a 50 km. de donde habiamos pasado la noche, dentro de territorio chino, El rio recorre otros tantos kilometros en Kazajastan y vierte sus aguas en el lago Alakol. Sergei debe controlar que el lago Alakol no se vea afectado de ningún tipo de contaminación y mantenga intactas sus propiedades medicino-curativas.

 

 

El día anterior habíamos llegado agotados a las inmediaciones del edificio estatal, destinado ubicar un pequeño laboratorio y el alojamiento de los funcionarios que eran regularmente enviados para el examen de las aguas. Sergei, su ayudante Miras y otros jóvenes vecinos de la pequeña aldea, jugaban al voleibol en la arena a las orillas de rio. Interrumpimos el partido para preguntar por un lugar idoneo para acampar y terminamos jugando, comiendo con nuestros anfitriones y durmiendo en su laboratorio.

 

 

A la mañana siguiente nos despedimos de Sergei, Miras y el resto. Nos veríamos todos en Alakol al medio día, pero nunca llegaron. Una avería en el viejo Lada Niva les dejo en tierra. Aquella mañana empezamos a pedalear de nuevo por la estepa kazaja, por una carretera convencional en la que nos adelantaban ocasionalmente algunos antiguos ladas soviéticos cargados con familias y los bártulos propios de las vacaciones.

 

¡Sólo dos dias!, le decía yo a Marleen mientras pedaleábamos. Dejemos la tienda en las alforjas y permitámonos el lujo de dormir un par de días en una buena cama, con aire acondicionado y conexión a internet, principalmente para tranquilizar a la familia.

 

Eran comodidades que yo creía justificadas, tras pasar casi una semana viviendo como robinsones, acampando y cocinando en la agreste estepa. La naturaleza y la sensación de libertad y autonomía estan muy bien, pero de vez en cuando el cuerpo necesita ciertos lujos. Marleen asentía resignada.

 

 

Entré en al pueblo de Alakol pedaleando con el móvil levantado en la mano izquierda, tratando de escanear alguna posible señal de WIFI. En China el problema con internet habían sido los sistemas de filtros que censuran muchas páginas. En Kazajistan lo era la falta de rúters. Fuimos recorriendo lentamente el poblado de Alakol lleno de apenas una decena de sencillas construcciones hoteleras de madera y chapa.

 

Llegamos a las puertas de “Anima”, un sencillo Resort de cabañas con una tímida señal de internet, la única hasta ese momento. Nos recibieron muy sorprendidos al ver los vehículos que llevábamos por montura. Velociped! Velociped! (¡bicicleta! ¡bicicleta!) nps gritaban algunos niños en ruso.

 

Amontonamos las alforjas en la habitación, nos pusimos la ropa de baño y salimos corriendo a la “playa”. En las orillas del gran lago, una playa de pequeños chinos negros, todo estaba macizo de sombrillas y toallas milimétricamente colocadas para maximizar el espacio. Los bañistas, las colchonetas, los flotadores, las barcas de recreo, las motos acuáticas, dos gigantescos toboganes de plástico y una pequeña y oxidada barca patrullera de la policía kazaja... se mezclaban en un armonioso caos.

El lago inmenso. Sus aguas se extienden a lo ancho de un perímetro muy superior al área metropolitana de Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla juntas.

 

Los bañistas kazajos sin embargo se concentraban en apenas 300 metros de playa. Se veían pocas tortillas de patatas y lonchas de jamón cortado en taperware. Pero muchos vendedores ambulantes se encargaban de abastecer a las familias de pasteles, empanadas de cordero, pescado empanado y pinchos de pollo. Algunos niños vendían también botellas de coca cola rellenas de oscuros barros de propiedades medicinales.

 

Somos los únicos europeos y parece que esto salta a la vista.

- Od Kuda? Nos preguntan en ruso muchos bañistas ¿De donde sois?.

- Spania and Germania, respondemos nosotros-

- Velociped? (en bicicleta?) y agitaban las cabezas en signo de sorpresa típicamente kazajo, como diciendo no me lo puedo creer.

 

A nuestro regreso, Renat y Laura, los propietarios de Anima, con unas cervezas en las manos, nos esperaban para contarnos, que los orígenes de Alakol como destino turístico se remontaban a los tiempos de la Guerra Fría, el Telón de Acero y la U.R.S.S (Unión de las Republicas Soviéticas).

 

A principios de los años cincuenta rusos y americanos competían en muchos ámbitos además de los estrictamente militares, uno de ellos era ser los primeros en colonizar el espacio. Eran los tiempos de los espías infiltrados y los agentes dobles. Ensayos de armamento nuclear. Miembros de la CIA y la KGB en arriesgadas misiones se dedicaban a tratar de robar información confidencial para sus respectivos Estados.

 

El gobierno soviético había decidido que las extensas estepas desérticas de Kazajistán, entonces una provincia rusa, serían el lugar más apropiado para construir la gigantesca base aeroespacial en la que desarrollar secretamente su ambicioso programa para conquistar el Cosmos.

 

Llamaron a la base Baikonur. Desde ella lanzaron en el Spuknik 2 a Laika, el primer ser vivo en entrar en órbita. Al primer humano en viajar por el espacio: Yuri Gagarin y a la primera mujer astronauta: Vladímirovna Tereshkova.

 

Las misiones tripuladas se fueron haciendo cada vez más largas y frecuentes. El desgaste físico de las pruebas, los vuelos y las largas estancias en el espacio, requerían un lugar adecuado para el descanso y recuperación de los cosmonautas. La radiación cósmica y sus efectos cancerígenos eran una de las principales preocupaciones de los científicos y equipos médicos soviéticos. Es aquí, donde se encontró un importante papel para el lago Alakol y los manantiales del poblado cercano Arasan.

 

Tras terminar sus viajes, los astronautas eran enviados a las orillas del lago, y al complejo termal Arasan para llevar a cabo un programa de depuración radiactiva. Las aguas del manantial de Arasan situado a unos 20 km del lago Alokol, nutren a esté de los preciados minerales con propiedades curativas.

 

Un pequeño poblado de pastores y agricultores, donde nada se sabía sobre la conquista del espacio sideral o el espionaje soviético-americano, se había convertido en una pieza clave del programa espacial soviético para conquistar el espacio.

 

El lago de aguas salinas y abundantes minerales, era el mejor lugar para la recuperación física de los cosmonautas y a la vez para mantener alejados y a salvo los secretos del programa espacial de la Unión de las Repúblicas Soviéticas, URSS.

 

Asi surgió Arakol como pueblo de vacaciones, hoy un típico destino turístico de los ciudadanos kazajos. Un turismo de dimensiones nada comparables con algunas zonas de nuestras costas lamentablemente cosidas a hormigón y ladrillo.

 

En Arakol quizás por la falta de medios financieros, son todo efímeras construcciones de madera o chapa y el lugar apenas puede decirse que este masificado. Ello se debe probablemente a que los kazajos solo tienen dos semanas de vacaciones en verano y que siendo el noveno pais más extenso del mundo cuenta con tan solo una población de unos 15 millones de habitantes. Es básicamente un pais despoblado.

 

Durante el segundo día en Alakol, después de los habituales baños recuperadores, haciéndonos una foto junto a un antiguo y llamativo autobús ruso de color amarillo, entablamos conversación con la pareja propietaria. Mediante signos y algunas palabras rusas que hemos aprendido y otras inglesas que ellos conocían, pudimos entender que todos los días, el matrimonio realiza con el bus el recorrido de 90 kilómetros entre Makanchi, su pueblo y Arakol, la playa de este gran lago que tiene para mi un ambiente similar al de Matalascañas o Chipiona.

 

Llenan diariamente las 25 plazas de su autobús con gente de su pueblo. Gente que no quiere conducir, no tiene coche o piensan que quizàs sea más divertido recorrer el trayecto junto a sus veinticuatro vecinos en una agradable conversación.

 

Llegan todas las mañanas sobre las 11:00 y pasan el dia en esta pequeña playa. Diez minutos antes de las 18:00 horas, el matrimonio arranca el autobús, un antiguo vehículo de fabricación rusa, de motor diésel. Con un par de potentes rugidos y bastante humo negro, los pasajeros saben que llega la hora de regresar a Makanchi y acuden desde diferentes puntos de la playa. Regresan todos charlando. Repiten el trayecto Makanchi Alakol cada día de verano.

 

 

 

 

La mañana siguiente Marleen se levantó con problemas de estómago, así que decidimos quedarnos un día más. Me quedé boquiabierto cuando al ir a pagar no me dejaron y nos regalaron ademas un tarjeta con muchos megas de internet para que Marleen se entretuviera en la cama. Durante el desayuno me senté con una amable familia kazaja que me pregunto porque Marleen no había bajado a desayunar. Unos minutos después todo el Resort sabía que Marleen convalecía en la cama.

 

 

 

Por la noche dimos una vuelta por el paseo de la playa. Estaba lleno de barbacoas callejeras e infinidad de puestos en los que poner a prueba el valor y la fuerza, muy acorde con la herencia guerrera del pueblo kazajo. Un tirachinas humano catapultaba a los kazajos atados con gomas a más de 20 metros de altura y los dejaba rebotando como una pelota de goma durante varios minutos. En un punch de boxeo se median la potencia de gancho muchos jóvenes.

 

Yo me quede prendado de una estructura con una barra de la que se debía permanecer colgado durante dos minutos sin tocar el suelo. Ya eran muchos los varones y algunas mujeres, que tras algunos segundos habían sucumbido bajo la mirada de el numeroso público quese concentraba en la atraccion. Yo pensé que dado mi pasado de escaladas, quizás la prueba se me diera bien. Me quite los zapatos, me aferre todo lo fuerte que podían mis manos a la pringosa barra y le dije a Marleen que me diera un aviso cada 30 segundos. Cerré los ojos y traté de concentrarme en la respiración, trantando de olvidar la gente que se paraba a ver al guiri colgado. Durante los ultimos 10 segundos me empezaron a arder los antebrazos y los dedos trataban de abrirse. Al final lo logré y recibí un aplauso del remolino de gente que se había congregado y que se convirtió en ovación cuando decidí compartir el premio, una caja con mas de treinta cervezas, con los presentes. Es una pena que a Marleen le doliera la espalda ese día, seguro que se hubiera llevado otra caja de cervezas.

 

 

El último día antes de pedalear, Renat se empeñó en que debíamos visitar Arasan, el antiguo Centro de Recuperación de los cosmonautas. Debió pensar que lo que a aquellos sirvió, también serviría a los bicinautas.

 

Nos montamos en su coche y nos llevó junto con su hijo pequeño a los manantiales de Arasan. Un Centro médico de antiguo ambiente soviético que se levanta entre colinas inhóspitas de piedra marrón. Es imposible imaginar que de un terreno tan yermo surjan estos manantiales. Un lugar sin apenas vegetación, pero del que inexplicablemente brotaban en diferentes ubicaciones los manantiales milagrosos.

 

Numerosos médicos atendían a pacientes venidos de Rusia y toda Kazajistan, en edificios de épocas pasadas y ya algo decrépitos.

 

Bebimos de sus aguas con un fuerte sabor a huevos. Renat nos condujo a diferentes fuentes destinadas al tratamiento de diferentes partes del organismo: fuente para el tratamiento del estómago, fuente de la circulación sanguínea y fuente de los ojos. También tomamos baños de oscuros y medicinales barros.

 

Ahora entendíamos el celo de Sergei cada mañana, examinando las aguas de los ríos que desembocan en el lago Alakol.

 

Los bicinautas estaban totalmente recuperados para continuar nuestro viaje.

 

Antes de salir de dejar Alakol nos paramos respetuosamente ante la estatua del guerrero kazajo Kamonbai, del que mucho habíamos oído. Pero este será el objeto del próximo blog: Guerreros esteparios.

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