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Recorriendo el norte de Laos. 8-14 de Marzo 490km

March 20, 2017

 

Cuando cruzamos por la mañana del 8 de Marzo la frontera de Laos, sabíamos que los 500 kilometros de recorrido montañoso desde la ciudad fronteriza de Huoxai hasta Luang Prabang iban a ser duros.

 

Lugang Prabang es conocida por ser una de las ciudades coloniales mas bellas de Asia. Era el destino final y lugar descanso de nuestro trayecto por el norte de Laos.

 

 Seguir la carretera nº 3 era la única ruta posible para atravesar esta parte de Laos. Une Tailandia con China, cruzando una extensa zona de área natural protegida, que es una de las reservas de vida salvaje más importante de Laos, y es el escenario en el que subsisten muchos poblados.

 

Fueron seis dias muy duros de pedalear por zonas muy despobladas, pero una gran experiencia:

 

 

Tras pedalear cuatro o cinco kilómetros empezamos a ver las primeras pequenas aldeas que salpican las orillas de nuestra carretera. Casas de madera, junto a las que todo el mundo esta ese día de fiesta. Muchos grupos de gente reunida alrededor de una mesa comen, beben y cantan. Al vernos pasar nos saludan casi sin excepción, gritan ''sabaidi''. Con el paso de las horas pedaleando, los saludos y gritos de bienvenida se hacen cada vez mas efusivos. Conocimos despues que era el día de la mujer trabajadora, un día al parecer muy especial para un país con un régimen comunista. Dormimos en la habitación de un Hostal en la que montamos la tienda para protegernos de los numerosos insectos que la habitaban. (Para mas detalle de este día léase la entrada: ''El día que entramos en Laos'')..

 

 

 

El día siguiente empezamos a hacernos una idea de la enorme masa forestal que estábamos atravesando. Desde las alturas podíamos ver un lejano horizonte de árboles, en el que no se divisan mas casas que las que estaban a los lados de nuestra carretera. No hay mas asfalto que el que pisamos, como tampoco hay otras pistas o caminos. Atravesábamos el centro de la Reserva Nacional Nam Ha.

 

 

 

Circulamos unas veces bajando, otras subiendo, siempre pedaleando por suaves y mantenidas pendientes que serpentean hasta las cimas, cruzamos pequeños pueblos de casas de maderas elevadas sobre esbeltos pilares hechos de troncos. Cocinas de lena humeante a pesar de los más de 35 grados de temperatura y muchos niños jugando que se percatan siempre rápidamente de nuestra llegada y gritan moviendo sus manitas saludándonos.

 

 

 

El tráfico es escaso, como en los días anteriores. Pequeñas motocicletas, algunos coches o camiones que trasportan mercancías entre China y Tailandia nos adelantan sin extres. La carretera es el centro de vida de los pequeños poblados de las montanas, a su orilla se venden los productos que los laosianos recogen del bosque: raíces, frutos, pequenos animales salvajes... La carretera es lugar de paso continuo de niños, pollos, cerdos, y cabras. Los niños de las aldeas viven y juegan junto a la carretera.

 

 

 Mientras pedaleamos vemos hombres y jóvenes cargados con trampas y artefactos destinados a atrapar tanto a pajaros como a otros pequenos mamíferos y peces. La caza es un complemento importante de la pequeña agricultura y ganadería de subsistencia que practican estos pueblos...

 

Se hace de noche encontramos un albergue, donde se alojan normalmente trabajadores chinos que construyen una enorme presa en un rio cercano. Hay también un Laosiano que trabaja para una ONG alemana con el que tenemos una interesante conversación sobre su trabajo en las aldeas. Cuidan de la alimentación adecuada de los niños, técnicas agrículas productivas y ecologicas...También hablamos sobre las ocho grandes presas que empresas chinas construyen actualmente y las varias decenas en proyecto en la zona norte de Laos, y su impacto ecológico...

 

 

 

Nos levantamos muy temprano, pero como siempre tardamos casi dos horas en ponernos a pedalear, todavía adormilados, vemos una señal que indica el camino a una Cueva. Decidimos echar un vistazo. Aparcando nuestras bicicletas aparecen dos señoras de trajes coloridos. Una de ellas tiene un puñado de tiques usados y la otra, dos viejas linternas. Muy amables y sonrientes nos conducen hasta una puerta que cierra una gran grieta, vigilada por un enorme buda dorado que sonríe. Nos abren la puerta.

 

 

El techo se alzaba a unos cuatro metros de altura y la luz entra iluminado el interior de roca caliza blanca de formas redondeadas. Era imposible ver el fondo, nuestras guías se sientan a hacer punto junto a la entrada, esperando que nos demos la vuelta en un par de minutos.

Me siento como ´´Indiana Jones´´, pero al principio nos da miedo avanzar, solo tenemos nuestros frontales y tras la primera curva dejamos atrás la calida luz procedente del exterior. Cada curva, cada haz de luz de nuestras linternas enfoca hacia nuevas y llamativas estructuras rocosas, estalactitas y estalagmitas, chorreras, bañeras, estructuras conglomeradas, troncos fosilizados, nuevas estranas formaciones que nos invitan a avanzar.

 

 

 

Tras cerca de una hora andando el aire se hace espeso, decidimos dar la vuelta. Los movimientos de mi vientre, aconsejan dar la vuelta y hacerlo rápidamente. Salimos orgullosos y triunfantes de la gruta al comprobar que las senoras guardianas de la cueva han abandonado aburridas su espera en la entrada.

 

 

 

Llegamos a la primera pequeña ciudad de los últimos cuatro días, Luang Namtha. En ella podemos comer algo diferente a la sopa con espaguetis que hemos comido diariamente para desayunar, almorzar y cenar en las aldeas de las montanas. La ciudad esta en un valle situado entre dos cadenas montañosas que se elevan sobre los 1400 metros. Tiene un pequeño aeropuerto del que despegan pequenos aviones, muchas personas se amontonan junto a la pista admirando los despegues y aterrizajes.

 

Pedaleando por las calles de la ciudad en busca de algo de comer, nos encontramos casualmente con Pierre y Amelie que también viajan por Asia en bicicleta. Ella no puede doblar la rodilla y tiene una enorme postilla en el hombro. En una larga bajada la rueda delantera de repente se deslizo sobre una mancha de aceite, la hostia fue fenomenal, se vieron entonces obligados a permanecer una semana en una pequeña aldea de las montanas. Nos cuentan su maravillosa experiencia, conviviendo con las gentes del poblado...

 

 

 

El día siguiente, despues de 75 km de largas subidas y bellas bajadas, nos vemos obligados a acampar en medio del bosque. Marleen ha tenido una pequeña caída, se ha lesionado el codo y la pierna derecha. No parece grave, pero se hace de noche y es mejor esperar a mañana para evaluar el alcance de las lesiones. Busco con prisas en la oscuridad un lugar para acampar.

 

Lo único viable es acampar en medio de un camino terrizo que baja hasta el valle de las montanas. Todo esta bastante inclinado, con muchas plantas y árboles. Solo un pequeño tramo del camino es apto para poner la tienda. Tenemos dudas porque en Laos no esta permitido acampar y algunas personas de la aldea cercana nos han visto tomar el camino y acampar. Es difícil dormir pensando que la Policía puede venir o lo que nos encontraremos por la mañana. Amanecemos sobre una densa niebla, el sol ilumina nuestra tienda, muchos campesinos se ven obligados a sortear nuestra tienda que esta en el mismo medio de su camino. Desprenden olor a humo de hoguera, cargan con utensilios de labranza en grandes sacos que cargan a sus espaldas. Miran curiosos nuestro material de acampada, las bicicletas, saludan y la mayoría sonríen...

 

 

Hoy es un día triste. Entramos en el mercado de una aldea para comer. Hay muchos productos recogidos del bosque, pero también aves salvajes metidas en pequenas jaulas, que se venden para muchas veces ser colgadas en esquinas olvidadas de las casas. Aves que pierden plumas, muerden barrotes y revolotean tratando en vano de encontrar la libertad. Vemos también trampas para pajaros y otros pequenos animales de las que no distinguen entre especies, edades o tamaño.

 

 

 

Se venden también roedores de mediano tamaño. Y lo mas penoso se venden también limures, esos preciosos pequenos primates de ojos saltones y movimientos pausados, a medio camino entre un mono y un roedor. Dos tristes figuras encerradas en minúsculas jaulas de esparto, vendidos como animales de compañía o destinados a la controvertida medicina china.

 

 

 

Esta pequeña caza y trafico de pajaros, roedores y en general pequenos mamíferos esta ferreamente anclada en la cultura y la dieta de estas gentes de las montanas laosianas. Los varones de las aldeas son los encargados de la caza y de la pesca, mientras las mujeres se dedican mas a las tareas agrícolas y de recolección de frutos, raíces y en general plantas. Ellas parecen estar especializadas en la flora y ellos en la fauna. Una vida conectada con la naturaleza pero de controvertida sostenibilidad.

Tras la triste experiencia en el mercado, y después de evaluar que poco podemos hacer por estos pequeños animales, de nada serviría comprarlos o liberarlos por las bravas, necesitamos reponer nuestro maltrecho Karma. El destino quiso llevarnos a las puertas de un templo budista.

 

Después de pedalear 85 km de bellas montanas, eran las 9 de la noche, no encontrábamos ni albergue, ni un lugar adecuado para pinchar nuestra tienda. Cuando llegamos a una pequeña aldea escasamente iluminada, el brillo dorado del templo llamo la atención de Marleen, que me dijo: -Preguntar para que nos acojan en el monasterio es cosa de hombres, te toca a ti.

 

 

Un monje rapado, vestido con una túnica naranja, delgado y de bellas facciones, la primera persona de esta región que podía hablar ingles me dijo: ''Of course you can stay in our Temple and breakfast with us''. Por supuestos podéis pernoctar en el templo y desayunar con nosotros.

 

Acampamos y nos duchamos en el precioso recinto religioso. Por la mañana llegaron al monasterio bastantes personas, en su mayoría mujeres cargadas con abundante comida que depositaron en un pequeño edificio junto al edificio principal. Rezaron y meditaron con dirigidos en la ceremonia por nuestro monje. Una vez terminaron sus ejercicios espirituales fuimos invitados a desayunar. Había muchísimos platos, con pescado, carnes, verduras, setas...todos ellos de sabores contundentes, picantes y muy ricos.

 

Nos contó el joven monje que por las mañanas todos los días le traen, como hoy, abundante comida al templo. Comida de la que solo se come una pequeñisima parte, el resto se queda durante todo el día en el templo para personas que la necesiten y al anochecer las donantes regresan al templo para llevarse a casa de vuelta la comida sobrante.

 

 Tras despedirnos de nuestro joven monje emprendimos el camino hacía la ciudad de Luang Prabang que supondría el fin de nuestro recorrido por el Norte. Era la mañana del martes día 14 de Marzo el terreno era bastante favorable, por la mañana temprano habíamos dejado atrás la máxima altura que durante nuestro viaje, superamos ligeramente los 1300 metros.

 

Pensaba mientras pedaleaba en la felicidad y el consuelo que se siente cuando terceras personas que no te conocen te ayudan desinteresadamente, como nos ha ocurrido con nuestro joven monje y otras muchas personas. Y pensaba como podría devolver estas altruistas acciones a estas gentes de Laos.

 

Llevábamos pedaleando unas horas junto a las bellas orillas del río Ou, que discurre entre espectaculares formaciones rocosas con forma de melón en roca caliza, cuando observamos una familia con una pequeña camioneta inclinada en la cuneta. Una rueda de las ruedas traseras estaba en el aire y el vehículo perdía por ella la tracción para avanzar. Marleen y yo no lo dudamos, dejamos nuestras bicis donde pudimos y cruzamos corriendo la carretera para empujar de la camioneta junto al resto de la familia. Después de muchos tirones conseguimos devolver el vehículo a la circulación. Nos despedimos de la agradecida familia.

 

Llegamos sobre las cinco de la tarde a Luang Prabang, la ciudad estaba en plena efervescencia. Era el preciso momento de salida de los colegios, un río de alegres niños y jóvenes llenaban las calles. Había motocicletas por todas partes que relajadamente circulaban en todas direcciones. Atravesamos con cierto temor el estrecho puente metálico y tablones de madera que constituye la puerta de entrada al centro de la ciudad.

 

 

La ciudad nos traslada inmediatamente a un exótico pasado de película. Su peculiar arquitectura en madera, mezcla de la serenidad europea y el exotismo asiático. Sus cálidos colores verdes y azulados nos dejan inmediatamente encantados. Tras 80 km de etapa, recorremos la bella ciudad en busca de un Hostal apenas sin esfuerzo. Nos decidimos por ´´Hello Guesthouse´´ .

 

Tirados en la cama felices de poder pasar unos días de descanso en la encantadora ciudad, planeamos como vamos a gestionar la obtención de los visados de nuestro próximos destinos: China y Vietnam.

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