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Actualidades

13 de Enero 2017; El primer día

January 14, 2017

 

 

El ojo de buey nos mostraba una ciudad llena de exotismo. Observando los destartalados edificios de Bangkok recordaba cuando hacía un año apreté con emoción el botón del ordenador reservando unos billetes que incluían espacio para nuestras dos bicicletas en la panza de aquel avión. Fue en cierto modo una sorpresa para Marleen y la forma de poner una fecha inamovible a un viaje que de otro modo podría haber sido pospuesto siempre por razones justificadas.

 

No huíamos de nada. En realidad habíamos sido muy felices durante los últimos años viviendo en Zurich pero teníamos la sensación de que necesitábamos un cambio, una especie de “reseteo” mental que podía venir de aquel gran viaje. Durante todo el último año, me había perecido que el día de empezar a pedalear nunca llegaría y en esos momentos, desde aquel asiento a 2.500 metros de altura, mientras volábamos sobre el caótico tráfico de la capital tailandesa, me maravillaba, en un estado de sensaciones indescriptibles, observando las doradas cúpulas de algún templo budista, la extraña caligrafía de los carteles publicitarios, sus rascacielos desordenados y mezclados con pequeños y viejos edificios y el ancho río recorrido por alargadas barcazas tradicionales. Aquella era la linea de salida de nuestro largo y paciente regreso a España en bicicleta. Nuestra peculiar huida de una vida que se había vuelto demasiado cotidiana.

 

El avión de la Norways Airlines nos arrojó el 13 de Enero de 2017 en Bangkok con nuestras bicicletas a una vida nómada y aventurera. Recogimos las dos grandes cajas de cartón en una recóndita esquina del Aeropuerto de Suvarnabhumi . Estábamos muy casados, la última noche durmiendo en el suelo del aeropuerto de Málaga y las últimas 14 horas de vuelo, excitados y sin pegar una cabezada, no habían hecho mella en un entusiasmo que llevaba fraguándose desde hacía más de un año. No podía quitarme de la cabeza la idea de que habíamos sido catapultados por aquel avión desde España a Tailandia en poco más de 10 horas y que para regresar tendríamos que pedalear unos 25.000 kilómetros, para los que habíamos calculado unos dos años de viaje.

 

 

Me preguntaba si sería una buena idea haber venido a Bangkok y empezar desde aquí nuestro viaje. Si no habría sido mejor empezar desde casa, empezando a pedalear en Sevilla y terminando en Bangkok. Afectaría a nuestro ánimo aquella especie de shock cultural, el nuevo idioma, el clima, el empezar tan lejos de todo lo nuestro. Me aseguraba a mi mismo que había sido una decisión meditada pero mis pensamientos no estaban exentos de ciertas dudas. Hacía un año que habíamos decidido que ir de oriente a occidente, desde Tailandia a España, sería una especie de truco mental por el que sentiríamos que regresábamos a casa y no que nos alejábamos cada vez más de ella, además el clima continental de centroeuropa en Enero era menos agradable que el invierno sudasiático, y reservar los vuelos era la forma de fijar una fecha inamovible en la que ninguna excusa podría demorar nuestra aventura.

 

Empecé a rasgar con ilusión, a jirones la caja de cartón, en la que habíamos empaquetado hacía dos días las bicicletas con la meticulosa ayuda de mis padres. Marleen montaba su robusta bicicleta de montaña suiza de manera sistemática ordenada, sin prisas. Yo sin embargo era un manojo de nervios montando mi bicicleta híbrida alemana. Solo quería empezar a dar pedales tan pronto como fuera posible, aunque ambos teníamos las mismas ganas de salir del aeropuerto y empezar cuanto antes a pedalear.

 

En medio de decenas de atareados turistas recién llegados de los vuelos, sus familiares o los chóferes profesionales que venían a recogerlos, nos empleamos concienzudamente en las tareas de reconstrucción de nuestras bicicletas: ajustar los manillares, los sillines, los espejos, el bombeo de las ruedas, el montaje y relleno de las alforjas. Sacamos 10.000 Bahts de un cajero (unos 270 euros que pensamos serían nuestro presupuesto para las próximas dos semanas). Teniamos planeado gastar una media de 10 euros diarios. El corazón me salía por la boca y estrés por las orejas. Tenía una sensación inmensa de libertad y felicidad. Toda la literatura viajera que había leído en los ultimo año me pasaba en aquel momento por la cabeza. En especial recordaba una de las frases del maravilloso libro del capitán Burton, aquel que puso rumbo a La Meca haciéndose pasar por musulmán hace más de 150 años: “El momento más alegre de la vida de un hombre es el de la partida de un largo viaje hacía tierras desconocidas”.

 

Salir por las puertas del aeropuerto fue como abrir los portones del infierno. Una bofetada de calor y humedad nos golpeó las caras. Torpemente y resoplando me puse el casco y las gafas de sol. Las gotas de sudor me escocían los ojos. En la pantalla de mi pequeño GPS Garmin Dakota lo único que podía ver era una maraña indescifrable de lineas. No tenia ni idea de como llegar al centro de Bangkok desde el aeropuerto. Pensé alarmado que el GPS no nos iba a servir de nada en todo el viaje, pensé en el calor, en la humedad, en el denso tráfico que recorría la autovía en el sentido contrario al habitual (Tailandia sigue las reglas británicas), me salio de dentro, grité: “Bienvenidos a Tailandia , ¿Esto es lo que querías, no? !Pues toma aventura, ja,ja,ja...!” Marleen me miró extrañada sin comprender nada.

 

 

No eran todavía las 12¨00, las temperaturas superaban los 35 grados y lo que era peor un grado de humedad por encima del 80 por ciento. Las camisetas se nos pegaban a la espalda como si fueran papel mojado. Salir del aeropuerto y recorrer los primeros 30 km era la primera prueba que nos ponía el destino. El tráfico invertido no ayudaba a tranquilizarnos, logramos salir del aeropuerto y tras alguna que otra discusión, entramos en una gran autopista que era precisamente lo que no queríamos. Las señales de tráfico y los anuncios tenían una indescifrable caligrafía que después me parecería hasta cómica e infantil. Camiones, coches y motos, circulaban caóticamente distribuidos en 6 carriles. Era como si circuláramos en plena operación salida de verano. Pedaleábamos pegados a la izquierda atemorizados y sin poder quitarme la sensación de ir en contramano. Cada vez que nos adelantaba un camión una oleada de aire aún mas caliente y espeso inundaba nuestros pulmones, se olía el desastre. Deseaba huir, la muerte en una autopista asiática no se incluía en nuestros planes de viaje. Sin embargo, pasados diez minutos empezamos a experimentar una profecía que estaba escrita en nuestros destinos y que se repetiría en el futuro durante todo el viaje: Cuando todo parece en contra, una fuerza mágica nos impulsaría hacia adelante. Si esa mañana el ambiente sofocante y el típico denso tráfico caótico de Bangkok nos hizo pensar en el horror que teníamos por delante, de repente nos dimos cuenta de que en la autovía los ojos de todos los conductores nos miraban, nos observaban y nos tenían muy en cuenta, en realidad dejaban entorno a nosotros una buena distancia de seguridad.

 

En realidad casi todos los vehículos conducían relativamente tranquilos. Además incluso dejaban bastante espacio como observaríamos días mas tarde, pero en estos primeros momentos de estrés solo pensábamos en lo horroroso que sería nuestro viaje si el tráfico era siempre así. Nos preguntábamos si estábamos preparados para aguantar tales condiciones. Era nuestro primer contacto con la barbarie automovilística y sobrevivíamos.

 

Tomamos una pequeña salida que nos condujo al barrio de los canales. Los muros de contención y encauzado del agua, hacían las veces de aceras, a cuyos lados habían sido construidas pequeñas chabolas de madera y otros restos. Junto a los que se encontraban instalados pequeñas estructuras para la cría de peces. De repente se mueve algo enorme entre los matorrales junto a la orilla. ¿Un cocodrilo? Pregunté alarmado a Marleen. Saca una lengua bífida, se yergue para otear a su alrededor como un vigía con una actitud segura y fisgona. “Es un monitor” Contesta Marleen, y mientras trato de sacar la cámara el reptil se esconde de nuevo entre la maleza.

 

Entre canales, comercios, letras que parecían dibujos, pequeños templos budistas y pequeñas calles estrechas pedaleamos ganando confianza. Al doblar una de las esquinas una estampa para siempre: Un sonriente sacerdote budista con su túnica anaranjada caminaba al frente rodeado de algunos niños que correteaban felices a su lado. Recorrimos los restantes 20 km hasta llegar al Hotel 103, nuestra única reserva para todo el viaje. Sería la única excepción a la regla de alojarse o acampar en lugares mas o menos espontáneos guiados por la intuición.

 

Aunque estábamos muy cansados, eran todavía las 4 de la tarde así que nos fuimos a dar una vuelta por Bangkok. Sorprendentemente encontramos un restaurante vegetariano, comimos y regresamos al hotel para dormir durante más de doce horas.

 

 

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